11 septiembre, 2011
_______S
21 agosto, 2011
And just like that
No se me olvida. Aunque tampoco es reconocer la textura del asfalto, ni volver a arañarse la yema de los dedos allí. Es más como un acorde de Abel Korzeniowski y no llevar nada en los bolsillos, ni una sola palabra que podamos recordar, ningún tipo de apetito a cualquier cosa muerta. Que ya ni el sueño venga, nos lleve a cualquier parte, cerca de algo -nada concreto-, tal vez cerca de todo aquello que no haremos jamás, lo que se queda absurdamente sobre las teclas de un teléfono, en las ruedas de los coches, en una caja de zapatos, en cualquier parte. Lejos. Nada nos intoxica, ni nos altera, creo que se parece mucho a la vejez, esa sensación de descuidarnos tanto de las cosas, que al final las cosas se van alejando de nosotros y todo es sentarse en el quicio de una puerta. Esperar, como una hoja que cae –definitivamente cae- al suelo. Y espera, no se sabe qué.
ººº
Has vuelto a fumar, justo cuando yo quiero llenarte la boca de humo. Creo que te lo dije ayer: Yo quiero llenarte la boca de humo. El humo es impronunciable, como esa canción es impronunciable al apagarse todas las luces, subir las sábanas hasta la frente, llorar debajo sin que sea suficiente, nada nunca es suficiente debajo de las sábanas, ¿no crees? Son costumbres de una casa: Las puertas cerradas, las ventanas abiertas. No tener nada en la nevera, ni estás tú que te hubiera cortado a pedazos con las tijeras, como acostumbran las buenas peluqueras, que hacen caso omiso a la frase “Córtame sólo las puntas del pelo”. Meterte en el congelador, luego descongelarte trozo a trozo en el microondas. Cosas cotidianas como esas. Buscarte dentro de la casa, en la calle es inútil compararte con la gente –lamento todos esos poemas y canciones que siempre dicen “Te busco entre la gente”-, es más fácil que estés en el silencio de las cosas, me basta con escuchar, atentamente, el ruido de la noche; esa pequeña orquesta que se forma, cuando tiemblan todas las sombras .
ººº
Todo termina así; tan calladamente. Las miradas que no existen, los pañuelos diciendo adiós sobre las narices. Ni fue verdad ni fue mentira, sólo un truco de magia en el que creímos. A la chica le cortaron la cabeza y fue verdad, pero sigue viva. Hay un cuerpo decapitado que camina y regresa a ti como un perro que no se olvida del camino. Pero no hay nada ya, no hay casa ya a la que volver, sólo un hueco donde ha sido demolida. Un abismo de escombro y ruina que el perro olisquea y gime, y mira de un lado a otro buscando una respuesta, porque todas las respuestas están a un lado u otro de los hombros, ¿te has dado cuenta? Pero el cuerpo no tiene cabeza que girar, la cabeza no tiene hombros para preguntar, ni el perro lo es, porque no sabe cómo alimentarse en la calle y siempre regresa a casa buscando, sobre el cuenco, el truco de magia.
30 julio, 2011
En mayúsculas

aunque las minúsculas
No era el comienzo, eso no era.
Ni el camino, ni un vaso,
ni el agua dentro del maletero,
ni el sol de julio desde la cornisa
cuando se desmaya.
Eso no era.
Fueron gritos en el aserradero.
Fueron insectos tullidos en el desierto.
No era eso.
Desde dentro a fuera vinieron a roer
una manzana
por donde se siente. Las ventanas
los teatros de Cartagena, y los ojos
dormidos de la piel a cinco minutos
de los escenarios
del cuerpo.
Porque nunca hubo un comienzo.
Ni un abrir antiquísimo, como dije.
En las altas puertas de los sueños,
separarse en cante.
Separarse en pestañas y monte
de Venus;
eso es lo que era.
A catedrales vacías, outlets,
botellas de cerveza, gente tuerta
paseando sobre las aceras:
tardes sin la forma de una nube.
Seis de la tarde en senda de oveja,
Seis de la tarde y sobredosis
en cansancio
en las piernas
Frecuentando edificios como llagas
infinitas al borde del polen.
Seis de la tarde contra los cristales
y tobillos leprosos
en punto,
en la 407, verde, recia y dactilar.
[Con J.J. García Rodríguez, mua poeta]
Lapido & Amaral .- Doble salto mortal
26 julio, 2011
On time

El aeropuerto llega con retraso; olvido de combustibles y abordajes. El tiempo es el único que vuela sin servicio meteorológico, no despega la niebla, las horas están fuera de servicio, hay aparcamiento para los pasajeros sobre la pista de los asientos, facturamos el cuerpo en la Terminal del olvido donde nadie dice nada, sólo nos informa el silencio salvaje a las dos de la madrugada, algunas chocolatinas duermen en el suelo malheridas por los pies inquietos de niños y niñas. Pasan siete horas en una ciudad desconocida para ella que se sienta a mi lado y me dice “Una gordura de risas” con su vestido azul [y su acento] que es como mirar por la ventanilla del avión el azul del cielo, que es sólo tela, en un día donde sólo la tela puede levantar el vuelo. Te escribo un mensaje, en el cual te explico que duermen a mi lado, que me divierto contando la respiración y el movimiento de sus manos, que juego con todo lo vacío como si fuera una ciudad de principios del XVIII, comunal y esclava, lo domino casi todo, sólo se me resiste el anochecer y el temblor sobre las rodillas de alguna pareja que sale movida en la foto, porque he perdido el pulso, la maleta y el sueño. Ella es de Jaén e inventa con el roller una almohada, un pedal nocturno hacia lo que no está despierto en el mundo, que se hace pequeño y oscuro en sus ojos pequeños y oscuros. Me pregunta si quiero dormir, le respondo: Ya estoy durmiendo. Así queda el aeropuerto, un gigantesco coche-cama compartido, un viaje sin movimientos ni carreteras ni espacios aéreos, sin llegadas ni salidas, sólo ese reloj que va y viene con sus manecillas, el cansancio que nos va doblando muy despacio, imperceptiblemente [el cansancio tiene cuidado de que no nos demos demasiada cuenta y entra dentro de nosotros como las navajas pequeñas]. El aeropuerto duerme, los aviones duermen, ella duerme y yo aún no he recuperado el pulso, ni la maleta, ni el sueño.
29 mayo, 2011
garabatos
Nada me dice un pájaro del cielo, -sentada en el banco del parque-, nada el cielo del aire, nada el aire del tiempo, nada el tiempo de la distancia, nada la distancia del sol, nada el sol del calor, nada, nada, nada. Pareciera que todo se ha quedado mudo, ciego, sordo, nadie dice nada, nada, nada. Nadie dice nada. Y todo se asemeja al eco que deja en los oídos la potencia de los altavoces después de un concierto de heavy metal. Hay una niña en el parque que se queda callada y dibuja un corazón en el tobogán mientras los niños le pegan un chicle en el pelo o miran debajo de su falda o juegan a besarla. La niña no sabe lo que es el amor y sube al tobogán por la rampa y no por la escalera, sabe la función de una escalera, sabe que los demás suben la escalera, peldaño a peldaño y llegan arriba y se lanzan y ponen sus pies firmes en la tierra al bajar, pero ella sube por la rampa, como los amantes huyen por las ventanas, los presos por las alcantarillas de la cárcel, los ladrones por los tejados, el hambre por la cuchara, dejando un extraño silencio semejante a la nada dentro de la habitación, de la celda, de la azoteas, de las entrañas, entonces te das cuenta que siempre –hagas lo que hagas- llegas irremediablemente al mismo lugar, como si de verdad no te hubieras movido, como si no hubieras hecho nada, ni siquiera lo contrario, pero el silencio, o las tardes que no tienen sonido pronuncian a veces la palabra ruido aunque no hay nada dentro del ruido porque ese ruido no es un ruido de cacharros de música o de desorden, es el ruido dentro de la nada, ese silencio, como la niña que pinta un corazón en silencio sin saber nada del amor, mientras los niños le levantan la falda y ella sostiene las piedras dentro del puño cerrado, piedras que no lanza porque no existen, ni saben de cristales rotos, ni cabezas heridas, ni de niños estúpidos que quieren verle las bragas y el corazón que pinta respira sobre el tobogán, respira el tobogán sobre el papel y el papel bajo unos dedos que son un garabato pintados por otra mano, que es otro garabato que soy yo como la nada o el silencio o el amor, o la distancia.
07 mayo, 2011
El negocio por horas
parecía de los años en que todo era silencio y se iluminaba con velas o 'quinqués'. La gente cenaba y luego se dormía. [Los clientes todos conocidos y quejándose de la CFE.] Se parecía a eso, cuando la felicidad era sólo una luz pequeñísima al fondo de la cocina, una sensación de sombra y miedo que duraba cuatro horas dentro de un vaso de cristal, o alguna porcelana de héroes o cisnes, que llevaban la espada y las alas llenas de cera por el recorrido del tiempo, que era rojo, verde, blanco, según el color de la vela. El tiempo era un color que se derretía en una figurita que estaba sobre la mesa. Y las manos de papá cortando la comida a tientas. Escuchar juntas la radio del abuelo, tan juntas, como si la radio fuera un bidón lleno de fuego que nos daba calor en un callejón cualquiera. Entonces la noche era más noche, tenía la contundencia de unas rodillas cuando se pide perdón o a la inversa. Y todo se hacía pequeño, exactamente del radio de la iluminación de la vela. Al recorrer el pasillo, la mano naranja para protegerla del viento, todo iba apagándose a nuestras espaldas, ya nada existía detrás, pero tampoco había nada delante, sólo la luz, como un dios diminuto y caliente que nos enseñaba dónde estaba el presente. Comprender la luz -esa del final del túnel-, sólo como alguien que corre -dentro de un apagón- con una vela encendida hacia no sé dónde. Dar igual a dónde. La felicidad era eso, comprobar que el fuego de la vela también quema. Mamá apagando la llama con sus dos dedos mojados en saliva, que la electricidad lo fuera despertando todo de su quirúrgica anestesia: El fútbol en la tele, el salto del resorte de la tostadora, el parpadeo de las lámparas de la sala, el timbre de la puerta, el bostezo de las horas en un reloj eléctrico…Pero, sobre todo, la felicidad era mamá diciendo que la oscuridad es la manta con la que se tapa el mundo para desaparecer del todo.
Echelon-Idaho
16 abril, 2011
Un billete de autobús para mi mariposa
Tu ciudad es domingo y sólo piensa en secuestrar autobuses llenos de mariposas que van hacia el sur. Que vienen sin llegar jamás a una primavera de sol blanco donde todas las tardes van mal porque han equivocado muchas veces la hora de salida. Donde el calor todo lo pone lento e indeciso, incluso la amplitud de las alas que ya nos han arrancado. Ay, mariposa, aquí hace frío y no funciona la radio, no hay noticias de los rascacielos, ni de las huelgas, ni de los asesinos. Sólo se apagan las puertas provocando variaciones mínimas en un sistema caótico, como tu efecto, mariposa, ay. No demores tu vientre sobre el cristal de la ventana por pensar que el paisaje se está moviendo. Tú –pequeña- dentro de un autobús sin árboles, veloz dentro de la velocidad… Ven mariposa, ven descalza hacia el centro exacto de mis ojos. Cuando vuelas no existe la calle, ni los semáforos en rojo, ni los pasos de peatones, así que tú ven, ven a desordenarme el tiempo y los resortes que saltan por toda la habitación como saltaba de niña para ver lo que había detrás de los muros y las limitaciones. Ábrete paso, mariposa, ven, tráeme a veces el llanto, el desastre, las heridas, la tristeza. Ay, mariposa silenciosa, si se pudieran los agujeros en las paredes, las ventanas de Cortázar, las manos al otro lado de la cuerda, contigo, ay mariposa. Contigo siempre. Ven, ay, ven, a revolotear una y otra vez dentro de mi estómago.
Pedro Luis Ferrer - Mariposa
24 febrero, 2011
Peces en los zapatos
La cortina se mueve a empujones del aire, miramos ese movimiento desde el borde de la cama, como olas verticales dentro de la habitación. Comprender la tendencia que genera las ondas mecánicas, regresando justo al mismo punto de inicio, por la fuerza de la gravedad. Calcular su propagación y velocidad, acariciando con las manos el aire que queda entre tu pierna y la mía. Sé que –en ese momento- cierras los ojos contra el viento, que siempre lo haces contra el viento, como dices que lo haces; soñando de repente con una debilidad insistente en el cuello. Sintiendo la atracción que ejerce mi hombro sobre tu cabeza, gravitando bajo la piel. Saber, sentada al borde de la cama –junto a ti-, cuál es la dinámica del mar dentro de estas cuatro paredes. Medir la humedad con la continuidad de suspiros que se extienden por la cortina, el pulmón de la cortina, modificar con la tela el color de las olas, moldear el estado de los líquidos con los ojos, la posibilidad del agua mojándonos los zapatos, el salto de los peces sobre la alfombra, la intención de silencio que tiene toda profundidad, una caracola que se asusta al ver a un monje hinduista, el tesoro pirata de Levasseur, Poseidón ayudando a los griegos… la habitación se inunda mientras te beso –tímidamente- el pelo. Todo es una pecera a punto de derramarse porque dos peces gigantes quieren aprender a nadar. Creer entonces, que cualquier probabilidad de los mares, comienza en los límites húmedos de los besos. Aunque esos besos; vertebrados y acuáticos, se den a kilómetros de distancia.
[ao eoo ei 24 i ia]
25 enero, 2011
El sonido de los abrazos
Al sostener el cemento -durante un cierto tiempo-, sobre la mano, la superficie se seca y agrieta, cuando eso me sucede siempre pienso en el tacto de una crevasse; una crevasse es una abertura natural en un glacial. Se deben a los movimientos de éstos, que se rompen al adaptarse a la pendiente cuando ésta se vuelve importante. Eso dice la Wikipedia. El pasillo está lleno de grietas como crevasse, y hoy, de todas ellas ha salido el texto y la imagen de abajo, lo he leído tantas veces que el papel ha sido como el cemento sobre mis manos, agrietándolas, hasta convertirse en hormigón y producir -con el movimiento de los brazos-, una crevasse gigante.
[entiendo que tu amor traspone todo refugio,
quema todo sin armas/Luis Alberto Spinetta]
Esa tarde te recorrí como las cantidades avanzan: de menor a mayor. Leí tus viejos relatos, dolores insoportables y ‘pasiones imperiosas’. Fui de arriba abajo como trazando latitudes violentas, sin sangre; pero sobre ti. El cuerpo al que a veces me entrego. Con dulce agua. Y sin hacerlo. No había canciones mexicanas ni españolas, solamente silencio. Bohemia y frío de habitación. Y cataclismos. Mis labios pronunciándote en antiguas fotografías de colores amarillos y verdes. Y nunca me gustaste tanto como cuando sentí que no te conocía. Es como decir ‘nunca te amé tanto como cuando sentí no te tenía’. Pero no. Sucedían las extremidades en momentos equivocados. Los restos de un alud mediocre. Por lo demás, eran respiraciones pausadas. Las piernas estaban desnudas y mi cabello húmedo. La boca me dolía. El frío penetraba mis pies como una espada. Debes saberlo, somos el calor que nos buscamos, sin encontrarlo, por las noches invernales. Tan inútiles. Debes saberlo porque el ardor recorriendo la garganta lo conocemos las dos: cuando nos hemos bebido mucho.
Y te digo: estoy temblando, y se me está secando el cuerpo.
También porque ahora, sé del aroma de la tinta fresca cuando se está sin ropa. No pueden verme sin sacarse los ojos. No puedes llegar a mí sin irte de ti. Tal cual tus besos. La tarde aquella partió al mar sobre un barco de papel. Lo firmé con la lengua. Con un canto de voces profundas y nítidas. Agridulces. No te he dicho como era el azul en su centro. Tampoco la urgencia de mis manos a la orilla. O el hambre aquella de agrietar el vientre con dos dedos. Como una ventana a vacíos insólitos y morder sus bordes, abrir la boca grande para que entre la tierra. Hay imágenes que recuerdo, sin embargo. Cómo tu locura, entre melodías y guerra, revoloteaba sobre una espalda femenina. Las espaldas para mí siempre han sido largos y gélidos pianos. Una marcha de huesos que he de seguir muy bien. Tal un estómago y sus cuerdas. Mi pequeñez y tu grandeza. O hacerte el amor en idiomas gitanos con violines dramáticos. Después de eso, sólo puedo seguir tus pasos blancos. Te estoy escribiendo como besándote las raíces de los píes. Te estoy amando aun entre estás frías cosas. Repitiendo instantes íntimos donde deseamos introducir dedos en brechas gigantes. Todo eso que se ha ido contigo. Que no podremos nombrar jamás. Se mantiene estático a las luces. Y a los parpadeos. Queda dentro de un vuelo suspendido de notas armoniosas. Te llamo desde una esquina de la tarde que adormece. Seis horas más hacia ti. Comienzo a hablarte desde mi indómita vida: voy a dejarte cuando ya no exista más música y libros. Cuando hayamos definido exactamente como convergían los colores de la noche. Y claro, a qué sabe el sonido de los abrazos dentro de nuestras manos.
Praha-In Your Memories
13 enero, 2011
Donde

A pesar de los ojos, estás donde las cosas se despiertan cada día; en la promiscuidad del reloj o en la boca grande de un túnel. Cuando pasa un tren con su melena corta. Frenando. Y los raíles se cruzan unos con otros sin llegar a ninguna parte. Donde hay mujeres con trajes de flores, como primaveras atrapadas al borde de los pespuntes. Solas. Con la mirada enterrada en los cristales. La costumbre de maletas abandonadas en el andén bajo los abrazos de los amantes. El humo que desciende con su caligrafía miope, derrotado, en un suspiro de vagones. De vez en cuando los pañuelos buscan una mano. Tristes, blancos. No distingo los carteles de salida de los de llegada, estas en ese punto que es tierra de nadie. De vez en cuando la sensación de haberme ido de algún sitio sin haber estado. Pero tú sigues ahí, donde los destinos son animales hambrientos, entre bosques eléctricos y periódicos que envuelven pescados. En los agujeros de los tickets usados que duermen en el suelo. De vez en cuando el deseo se sube al tren para tocar el botón de alguna parada, al azar. Incluso las máquinas se detienen en los momentos más inesperados. Probablemente tú no me busques al otro lado de nada. Inútilmente corro detrás de tus imágenes, las cabezas de la gente se despiden en el aire hablando de siempre a la velocidad de jamás, se van muriendo remotas como el ruido de antes. Es tarde. Ya los bancos de la estación sólo esperan a que se siente la noche. Es en vano este espacio, aunque sigo necesitándote aquí, donde todo se marcha hacia otra parte.
[Sé de esa chica que me lee desde la peluquería -mientras trabaja- y se pregunta por qué tengo tan mala suerte]
Riverside - Agnes Obel


