"Al llegar aquí, hace unos meses, afirmaba estar muerta. Desde que alguien se llevó mi equipaje donde tenía guardado un secreto y un cadáver..."

24 noviembre, 2009

Malditos puntos suspensivos o la semántica de la meditación




“No, tú no eres surrealista, tú simplemente eres absurda."
Mi hermana.


El mundo está lleno de puntos suspensivos…Un semáforo es un punto suspensivo que duda en colores –que no es lo mismo que flipar en colores-, sus puntos indican un titubeo del cielo, ti-tu-be-o, ¿de qué frase? Pase usted o no. Prohibiciones puntuales, permisos de quienes no saben organizarse…El baño está lleno de puntos suspensivos, el desagüe del lavamanos son puntos suspensivos que interrumpen al agua, el agua se enreda en los puntos suspensivos para bajar a las cañerías, que tienen puntos suspensivos de cal…el agua queda reprimida, se contiene el libre fluir líquido que va hacia cualquier orilla, habitada por rocas; tres en fila horizontal. Coladores. La escritura está llena de puntos suspensivos, no lo escrito, la actitud de escribir; usamos dedo pulgar, índice y corazón para sostener el lápiz, puntos suspensivos que nos arañan la mano antes de decir vulgaridades, estamos avisados desde la primera escritura, desde antes de aprender a escribir, cuando trazamos la primera “o” en un papel lleno de soles pálidos, ceros, previo al abecedario, cuando con conciencia de bebé dibujamos una línea, sucesión de puntos interminables…suspensivos…Stanley Morison los supo ordenar a plomo, pero no evitó las tres pulsaciones, tal vez no…no…no quiso. Mira…quizá mañana podamos imaginar tres estanques de agua negra o tres lunares sobre nuestro cuerpo, yo tengo puntos suspensivos por todo el cuerpo, cardinales…Se activa la imaginación de quien lee ¿dónde? En el texto…Tres pozos a vista de pájaro, tres cuevas a vista de lobo. Las lágrimas son puntos suspensivos, yo lloro sin pañuelos, las manos son los mejores invernaderos de puntos suspensivos, suspensos en el aire, como una escritura de viento, tres lágrimas hacia el suelo como charcos de lluvia, tres puntos suspensivos en el tiempo. Los disparos le ponen puntos suspensivos a la vida, ¿para qué más de tres? Si con eso basta. Ctrl+Alt+. es un atajo para los puntos suspensivos (sólo para Windows), los signos de puntuación se abrevian en los teclados, se inventan caminos para que puedan correr más rápido, como si quisieran llegar a una meta-física, pero eso, supongo, será un punto y aparte […]





[Música a petición de mi hermana y cedida por J.F.G.]


10 noviembre, 2009

Little boy*



Se han perdido las fotografías, vuelan por el aire como cenizas, caminan por las azoteas de no sé qué ciudad, siempre la volatilidad de una ceniza sobreviviendo a todo abrazo de neutrones, sujetadas en el aire por las cuerdas del viento, como hojas caducas que caen hacia el cielo, allí arriba con ligero balanceo de mecedora; suben y bajan, podría decirse que es un estado emocional. Han desaparecido los libros de la biblioteca, la posibilidad ontológica como principio existencial de su arquitectura, dentro se miran unos a otros, con los ojos huecos de letras, se derritieron las palabras arrasadas de un devastador silencio que les quemó los labios y se quedaron las mesas vacías, aplastadas en el suelo como plastelinas moldeables. El suelo sigue temblando. Cede al ruido de los gritos tras las ventanas rotas. El mundo es moldeable ¿Dónde están nuestras fotografías? No hay nadie en el cine. Hago recuento de lo desaparecido como Noiret contaba soldados en aquella de Tavernier y creo que Godard ha regresado con vocación de asesino. Pero no hay nadie en el cine, el cine está ciego, las butacas miran a la pantalla, también ciegas, las personas están ciegas, yo estoy ciega y la pantalla es un papel pegado a la pared que se viruta en el suelo, el suelo está ciego. La “cinergia” de Méliès carece de movimiento o sólo es la demolición de un muro en 1895. No hay espectadores, las imágenes están chocando en la oscuridad como sombras fusiladas. Las cenizas de un muerto pegadas a la pared conformando un cadáver de recuerdos ¿Dónde están nuestras fotografías? ¿Dónde? Si las cenizas sobrevivieron…La música no suena en el tocadiscos, las notas mudas, no el papel arrugado del vinilo, las notas mudas buscando algún disco, todo el silencio del mundo gira una y otra vez bajo el fonocaptor; inútil pescador en un charco. No se escucha nada que parezca cotidiano, reconocible, amable, nada. No suena la música en el tocadiscos. Las notas mudas, desnudo el sonido por los cables telefónicos, se pierden las llamadas, los sonidos. El silencio da miedo, el silencio destruye al silencio ¿Dónde están nuestras fotografías? Dime dónde. Las personas pisan los cuadros caídos en el museo, las pinturas al margen de la vida, los marcos deformados tienen la opción de apartar cuerpos, penetrados por miradas perdidas, como un diminuto algodón en una herida abierta. Las obras de arte se hacen hogueras enroscadas en el sitio más exacto de cualquier simbolismo, más allá de sus autores, firmadas por la aprehensión del fuego que logra turbar cualquier materia. La oscuridad gana a la materia, allí no existen los objetos. La materia. Todos corren; dan vueltas como el fango en una ciénaga de sangre. Corren, todo el mundo corre, excepto los que tienen la piel adherida al asfalto, ellos no. Yo no. Yo me pregunto dónde están nuestras fotografías ¿Dónde tú y yo? ¿Dónde? En cualquier guerra, me dirás, es algo común que se pierdan. Que te marches ahora también es un modo de violencia Pero, ¿dónde? ¿Dónde están nuestras fotografías?


[Acuérdate de mí por error cuando te subas en el ascensor y le expliques a alguien que no hay botón que les salve del asesino]

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*Little boy hace referencia al nombre de la bomba atómica que se lanzó sobre la ciudad de Hiroshima.




28 octubre, 2009

The drink I drank



“Hay universos difíciles & universos fáciles. Este no es ninguno de los dos."
Allen Ginsenberg.

No podía ver la luna posada en las ventanas de piedra, no podía caminar sobre el cadáver de la lluvia en el suelo, no sé si era el ruido de los grillos o de los reptiles en las alcantarillas, el crujido de la ciudad era un extraño sonido agonizante. El graznido del silencio. Creo que era tarde para perderse a solas. La noche. Y todo el tiempo esa sensación de temer a tu propia espalda. Teléfonos ahorcados en las cabinas, luces torpes bajo las puertas, olor a alcohol quemado, algunos gritos, el golpe de la imaginación y Middagh Street al otro lado del miedo. Hay alguien que se está muriendo en este momento, es un hecho palpable. The drink I drank tiró fuerte de mi brazo, de un salto el corazón palideció a lo inmediato, su risa amarilla y una barba sucia de recuerdos; varias comidas al año, el olor a una vida antigua, de $ en las manos oscuras del tiempo, ojos indescifrables, ropa resucitada de otros armarios. Repetía “The drink I drank”, los brazos alzados con una botella de cristal. What? Pensar que guat ni qué guat, sal corriendo de una vez. Hey girl, we can have a shot. ¿Shot? Joder, me va a matar…Arrancarle la botella para echar “un trago” y poder cerrar los ojos, la inmortalidad es cerrar los ojos, y consumir la vida hacia dentro esperando un disparo, New York, New York, un desfile de cadáveres en las aceras, cercados simétricamente por líneas amarillas, el Bourbon en los labios, la bebida del rock’n’roll, cantándole a la danza lenta de la muerte, cuántos huesos chocando en esta ciudad, voy a ser yo la del periódico de mañana.Spanish woman found dead in an alley. Piensas que quizás debes arrodillarte o darle todo el $ que lleves en los bolsillos. No, probablemente querrá robarle la cartera a un cadáver, es mucho más viable. Ningún año de mi vida pasó por delante, todo lo que nos cuentan es mentira. Me empujó hacia el suelo quitándose la chaqueta. Joder, me va a violar… Le arranqué la botella para darle un trago más largo. Al tipo le estaba dando razones para que me matara de inmediato, aún así nunca vi el arma. Me fijaba en cosas insignificantes; cómo brillaba el suelo bajo los escombros de una casa de ladrillos rojos, al borde de los gatos que dejaban su reflejo y las ondas de sus patas al pasar por los charcos para luego volver a su estado primario, el sonido de las gotas de agua elevándose aferradas al pelo felino y después caer, como un pensamiento que aparece y desaparece. El lenguaje del agua. Un pensamiento de última noche, de vuelta a alguna parte o al final de nada. No poder ver la extensión de la oscuridad, irme alejando del mundo con un aplauso final como apetito de mi mente. Decirle adiós a la pared de enfrente. Entonces sentir el paño azul de su chaqueta en mis hombros y su acento escocés contándome el vacío que hay dentro de la luz. “Es tarde, chica, debes dormir aquí, no puedes andar sola por ahí, con todos esos asesinos…”. Hay alguien que se está muriendo en este mismo momento en cualquier parte del país. Y él repitiendo The drink I drank como diciendo con su voz fétida: esa es la bebida que llevo tragándome cada día desde hace tiempo.

25 octubre, 2009

Contradecir




Ya nadie contradice los meses de otoño –ni las farolas-, ni el humo de las fábricas, ni las sombras provisionales de los sueños. Vivimos en una acumulación de cosas inservibles, donde el llanto es un vaso a la medida del agua y los silencios son caballos levantando un parapeto. Quizás sea la casa a propósito de los ladrillos, o un bosque de engaños. Lo ignoro, no tengo constancia, como no tengo constancia del futuro y de los relojes que existen sobre el propio cuerpo, o acaso sea el crepúsculo tosiendo un porvenir de viento, con toda su intermitencia. Aquí la vida es un filo de navajas que se hiende en la tenue carne de los días, no hay guijarros de luz que nos sirvan de balizas y cada cosa en la que creí se desvanece en el aire o las decapitó el arma blanca del destino afilada de incertidumbres, con ojos de no saber a dónde y en cuyas pupilas se instala la interrogación de lo desconocido. ¿A dónde ir? Si parece que las calles se estrechan apretadas por los altos edificios, como trituradores de basura que tienden a comprimirlo todo. Y cómo saber ir, porque ningún abismo se mueve sin peligro, al anticipo de la sombra, que desaparece anunciando un reflejo redondo y oscuro. Y cómo llegar, si contigo, aquella vez, ya andaba perdida sobre un carrusel que giraba sobre sí mismo.

12 octubre, 2009

.benevolencia





“Que te crezca, en cada uno de los poros, / una pata de araña” Oliverio Girondo.


Que te señalen por la calle hasta los parásitos que les sobran a los perros callejeros en cada sacudida.

Que rechacen el vicio de tus labios, mintiéndote sobre la boca algo más que los pulmones con la saliva agria de un edificio derruido. Que quien duerme a tu lado desee asesinarte cuando acuchille la mirada en tus ojos porque tu cuerpo sólo sea un hotel detestable de silencio. Que sientas la aguja de las palabras clavándose en la piel, abriendo todos esos agujeros hasta lentamente desangrarte, mientras te parte en trocitos las manos de algún carnicero. Que, a pesar de todo, no te enteres de nada hasta que te haya descuartizado cada una de las piernas y arrancado tu cabeza que lo ve todo desde el fondo de la sala más siniestra. Que seas la comida de nadie y un pájaro negro aletee tu carroña hasta vomitarse encima violentamente. Que tu propia sangre se alimente de tus huesos. Que se despojen de ti como quien tira un trapo sucio a la basura por roto y viejo. Que se te llene la vida de golpes, que no conozcas nada que no sea la tristeza trepando por tus sábanas cuando el sol te atraviese la cortina que tapa tu ventana, que acudas a la sombra como lo hace un fantasma, el único lugar donde puedes instalarte, que se te quemen las mejillas de atar el llanto, que te pierdas en todas las calles cayéndose en cada charco las frases que se te grabaron en la rigidez de tu espalda como tatuajes mal curados. Que te sangren las rodillas de tanto suplicar que las cosas dejen de desaguarse por cada alcantarillado. Que le echen mercurio a todo el oro que llevas pegado en los bolsillos y sólo te quede el recurso de pedir limosna a los que antes te pedían sin que los miraras. Que no reconozcas tu rostro en ninguno de los escaparates a los que sonreías, que se te despelleje la cara con el herpes del sudor que tanto detestas. Que ames el dolor acariciando cada una de tus heridas, que caiga dentro de ti el vacío como si temblaran tus propias manos, ante una página llena de preguntas y permanecieran escarbando en el barro de las dudas. Que no recuerdes el deseo, apenas arrancar una camisa o desabrochar un botón, tener unos inservibles dedos, cuando amar sea un muro infranqueable y sólo sepas esperar la muerte como una forma admisible de vida.

Que te sientas, por una vez, como yo me siento cada día.




[Gracias a Car por ser la mano de la fotografía]

11 octubre, 2009

Ciudad fetiche


Tal vez sea la visitante que ni siquiera conoce la piel arañada que atraviesan tus uñas o una lágrima en el muro sin una voz que necesite perdonarme, que me busque como un relámpago retomando un destino. Ahora sólo queda un eco o dos desconocidos que vienen desde lejos después del mundo y el fuego, en ese instante en el que el diálogo de la noche y las manos del silencio se han ido encontrando, para decirme ansiosas piedras sobre la ventana, que mira alerta desde lo alto los golpes imposibles de la calle, mucho después mojada. En un tiempo que creí tenerte, cuando descubrí el terrible olor a hierro que habita tus entrañas. A velocidad de duelo; mi corazón te sangra. Pero tampoco tú ves en el cielo las puñaladas del aire, junto a mí, sin que sepa señalar tu nombre con el golpe del insomnio que me desvelas en busca de los sueños, de la sangre, solamente por llegar, ya tanto, como una rama al suelo, como un parpadeo sobre un libro; innecesaria, obligada. Estoy obligada de ti que vienes hoy y volverás mañana, ansiosa, contra mis manos de otro cuerpo que también te abrazan para culparte del abismo que se balancea con tu ritmo de ráfaga, esas que se doblegan para recordar tus idas de pluma en una jaula que siempre estuvo descubierta y enseguida aquella puerta cerrada que se sostiene en un océano sin rostro mientras intento romperlo con mis brazos a ninguna parte. Quizás seas apenas mi enemiga, muchas veces inasible a mis asilos, dócilmente pactada en la caída, insistente compañía como enjambres de promesas a mí misma, más que tú; yo te permito ser amenazada de envoltura, pero no en ese lugar de las llagas que se sobresaltan a mis pies, aquí, entre el vaho de los besos que se empañan en un vidrio violado por tu hambre y mi deseo. Bastará entonces un solo gemido que me condene en Madrid para cercenarme los límites del agua y el vacío del destello aterciopelado de tu pecho, que me baña en cualquier esquina de mi almohada, que me empapa, que me empapa tanto, sin quererlo.

30 septiembre, 2009

[Podría ser Buenos Aires o tu acento lejano. Suceden todas esas cosas, sucede la noche como un diminuto intervalo de tiempo, los relojes no deberían tener punteros, solo esos números dentro de una esfera, entonces nosotras decidiríamos; son las ocho y media, nos vemos a las siete menos cuarto, acá, en la plaza vieja. Te echo de menos. Tú siempre me dirías “…es que los hemisferios”, sin entender que, en todo caso, sería el meridiano el que nos impide vernos, todas esas horas incomunicadas, no sé qué hacer con ellas ¿qué harás vos con eso?, ahora, ¿qué harás vos con eso? Sé que este no es un buen lugar para hablarte, pero por no decírtelo a ti, no sé dónde hacerlo.]

28 septiembre, 2009

Susurro

Susurro. Detalle.


Ahora recuerdo el abrazo. Ahora a las siete y media de la tarde, creo las siete y media de la tarde. El olor a tu pubis y mi cuerpo pequeño rodeando tus piernas como si fuera la última vez que rodearan algo. El peine de tus manos en mi pelo con esa ternura última que tienen las uñas al arañar dulcemente un cuero cabelludo. El pasillo largo. Correr a oscuras hasta tu cuarto después del tercer relámpago, mientras te despertaba con mis pasos que eran para ti como la bocina de alguna ambulancia, ya existía el miedo a los cinco años y la seguridad de un abrazo. “¿Cómo es la palabra, cómo se dice eso que sienta tan bien al oído, mi niña?” “No sé qué me quieres decir. Necesitas esa pastilla para recordar mamá, necesitas...” “Que no es nada, que no es nada, el riego nada más, es que quiero titular al cuadro y no sé”. Ver la tele así, con los ojos cerrados, acurrucada en tu regazo, buscando aquel olor que sólo estaba de mañana, cuando se desperezaban los olores y los cuerpos recién levantados. Luego venía el sueño con tu mano; acunándome la cabeza con su ruido de grillo. Pasaba el viento mientras tus manos y lo imaginaba ya como la caricia del mundo para toda esa infancia huérfana de madre. “No sé, dame una pista porque no sé” “Eso, cariño, eso que hace cosquillas aquí”. Se alejaron tus manos mientras me dejaba el pelo largo, el paso del tiempo viene a ser como el crecer del pelo, o la cantidad de veces que han caído al suelo, han pasado doscientos treinta y cinco cortes de pelo desde tus últimas manos. Todos llevamos la peluquería del tiempo abierta en la cabeza, esa vida que se resume en las caricias de diferentes manos sobre el cabello. Es igual, hoy te abrazo fuerte, tomo tu mano y la coloco en mi pelo, ahora soy yo la que se inclina para llegarte, para alcanzarte el olor, que hueles a añil, deslizas tiernamente tu mano, como si yo fuera el cuadro que has pintado, que aún no tiene nombre porque se te ha perdido en algún lado y te lloro al oído la palabra “susurro” mientras recuerdo el abrazo.

15 septiembre, 2009

aquí no hay nadie

“Pero el silencio es cierto. Por eso escribo. Estoy sola y escribo. No, no estoy sola. Hay alguien aquí que tiembla.” Alejandra Pizarnik.

Martes, 9:30

Un ruido de pisadas y semáforos en ámbar, ligero, se detiene enmarcado por la ventana, un cuadro de sonidos que mis ojos respiran al girar la cabeza. El interrogante del mundo es el mismo interrogante de mi cuello, un gesto que no atraviesa la tela metálica, de dentro hacia fuera -ni viceversa-, como los mosquitos. Bebo agua para encontrar una respuesta. Si fuese así, si la claridad fuera un vaso de líquido transparente, las cuestiones sólo serían inocentes ondulaciones de una superficie. Sólo nuestros dedos sucios podrían oscurecerlas. De todos modos, la culpa siempre ha sido nuestra. Seríamos culpables de todo menos del tiempo. Y bueno…ya no se sabe si hasta de eso. Aún creo que no soy infractora de este calor que preveo en el asfalto, y se adelanta en mi frente, brillante y violento. Descorro las cortinas y recuerdo tus manos apartándome el fleco. O me las he imaginado haciendo eso. Sí, me las he imaginado. Pero creo que sólo ha sido la breve brisa que ha entrado un momento, para traducirme el sudor en un frío que va midiendo las partes del cuerpo que no han sido sonámbulas al sol. Debo hacer algo con este calor y con los sonidos de supermercado que siempre rallan fuera y tan adentro. Cierro la ventana, luego me tumbo en el suelo para besarlo como si fueran tus desconocidos labios y aniquilarme el equilibrio de esa manera o de alguna mejor que se me vaya ocurriendo. Lo hago todo en cuestión de segundos. Es agotador.

Martes 17:15

Como cada tarde pinto algo a carbón en el cuaderno, algo que equivalga a decirte “Sabes que amo tus irrevocables lágrimas”. Pero no lo sabes, y he dejado de pintar, sólo te escribo, “aquí no hay nadie –ni siquiera tú-, planeo marcharme”. Escucho el desorden de los platos, el estruendo de la cocina y el rechazo de los cajones al cerrarse, desde mi diminuto cuarto, con ese tintineo que produce un inquilino desahuciado, los sentimientos a veces son como inquilinos desahuciados que se alejan con desorden de cabreo. El día sólo es esto; una soledad que combina azul con negro para decírtela toda con fútiles palabras; por si casualmente hubieras venido a eso. Pretendo oírte pronunciar atardeceres y los colores naranjas de la ciudad. Es casi una necesidad que me he creado, entre el hambre y el sueño, todo eso, pero no a ti; claro que no conoces de mi absoluta inutilidad ni de mis escasas pretensiones para con cualquier cosa. Procuro las esquinas para embarrarme con algo, sobre todo si su sombra es verde como la sangre de las flores, como sus entrañas cuando se las ahorca, qué terrible imagen ¿no? Sólo que me gustaría explicarte todos esos hologramas que me atraviesan la cabeza, siendo una tontería muy grande, debí advertirte de todos mis estúpidos ruidos, pero yo nunca tuve la manera de hacerlo. Tampoco lo pediste. Sólo quiero eso de tan simple; escuchar la policromía del vinilo interminablemente, su rotación desganada, suena rasgado, no sé si alguna ves lo habrás escuchado; son como los gritos de las navajas al clavarse en la piel, zigzagueantes arañazos de gatos, el ruido oscuro de los callejones, o una cabeza apoyada en mi hombro mientras conduzco, la equivalencia a una espera, una muerte muy dócil y muy tierna. Ahora sería extraño. Algo raro. Maullando, maullando. Podría decir “Todo va bien” porque es tan fácil decir y luego quedarse silente. ¿Ves?, muchas veces supe ya de tus silencios, sólo que ahora me duele estar, que no estés. Que nunca hayas estado. Duelen las puertas en verano, más si se cierran sin avisar, de un portazo. Y el sol al mediodía amenaza con su cuchillo dorado, es tan hermoso, aquí. Me lo dejo clavar muy dentro de los ojos, luego su filo es brillante y malvado, dañino para el globo, los globos, la ingravidez. Mejor me clavaras tú algo que pudiera sentir al caminar, en cualquier parte, sólo eso, nada más, no te pediría nada más que un abandono... Llevarte como un dolor que me confunda el otro. Maullándolo. Creo que estaría bien. Quiero decir “Las raíces del aire serían perfectos rincones donde resguardarme. Pero igual voy a irme porque podría amarte…o porque no, probablemente porque no”. Es inútil, inútil del todo detestar la habitación donde duermo o la ventana por la que entra la luz del día, cada obsoleto ángulo de la mañana es una sinfonía de ojos raros. Que me miran. Escucho, Why can't love make sense?, por algún rincón de mis oídos. Puedo repetirme que no existes. [No existes. No existes. No existes. No existes.] Y sería, finalmente, casi todo tan real.

09 septiembre, 2009

Nos salvaremos del viento


Nos saltaremos las esquinas, seremos la hemorragia de las calles, nos derramaremos sobre los tacones y llegaremos al límite de nada. Hubo un tiempo para eso, para que las rodillas se arañaran con el asfalto, como el derrapar de las ruedas va dejando su sangre de goma negra mientras se arranca los pellejos. Ese momento en que las cosas van abandonando su nombre. Luego volveremos a aprender el sentido de las palabras si nos vamos hacia ellas. En el reparto del tiempo saldríamos perdiendo la capacidad de sernos. Buscarnos, en un bolso o en un gesto. Nos sepultaríamos hasta llegar a la autocompasión de un cementerio, con ladrillos de silencios apilados; pálidos. Cadáveres que de vez en cuando nos habitan, entre todos los hombres sin voz, esos, sonámbulos, cínicos, se mueven dentro, nos borran, nos apagan como bombillas rotas de un presente importado. Pero nos abriremos las heridas, nos rascaremos las infecciones sin peligro de contagio, nos salvaremos la sangre y nos descubriremos las manos, lo poco o mucho que tengamos nos será suficiente cuando ya nada se genere de lo innecesario. Nos limpiaremos los zapatos. Y tendremos miedo de pertenecer a los filos de una navaja. Hubo un tiempo para eso, ahora llamaremos a la puerta o saltaremos las ventanas con resortes en los dedos, sólo por amar brevemente el precipicio de una ausencia, correremos al galope de los ojos, ese algo que nos recorre cuando creemos lo que significa perdernos por los tejados para caer desde ellos; sobre un abrazo. Saltaremos, nos pondremos calcetines de colores, la mañana se fijará en un cielo aristócrata como una alfombra se pega a la cara del suelo, estrenaremos otoños que ya no sabremos, reclamaremos continuidad a lo imposible de lo que inventaremos un último espacio; limpio y sereno con una mentira donde todo sea cierto, y de una forma u otra, nos salvaremos; sí, nos salvaremos del viento.



[Gracias a los pies de la fotografía; de izquierda a derecha: Gerard, Nerwen, Sory]

[La canción es para ti, para que puedas escuchar de fondo "Shakedown 1979, cool kids never have the time..." y todo te parezca perfecto]