Tengo un plan y es este; no llegar a conocerte.
Pero no. Será sólo otro adiós; o marcar con una tiza el final de un cero.
La cortina se mueve a empujones del aire, miramos ese movimiento desde el borde de la cama, como olas verticales dentro de la habitación. Comprender la tendencia que genera las ondas mecánicas, regresando justo al mismo punto de inicio, por la fuerza de la gravedad. Calcular su propagación y velocidad, acariciando con las manos el aire que queda entre tu pierna y la mía. Sé que –en ese momento- cierras los ojos contra el viento, que siempre lo haces contra el viento, como dices que lo haces; soñando de repente con una debilidad insistente en el cuello. Sintiendo la atracción que ejerce mi hombro sobre tu cabeza, gravitando bajo la piel. Saber, sentada al borde de la cama –junto a ti-, cuál es la dinámica del mar dentro de estas cuatro paredes. Medir la humedad con la continuidad de suspiros que se extienden por la cortina, el pulmón de la cortina, modificar con la tela el color de las olas, moldear el estado de los líquidos con los ojos, la posibilidad del agua mojándonos los zapatos, el salto de los peces sobre la alfombra, la intención de silencio que tiene toda profundidad, una caracola que se asusta al ver a un monje hinduista, el tesoro pirata de Levasseur, Poseidón ayudando a los griegos… la habitación se inunda mientras te beso –tímidamente- el pelo. Todo es una pecera a punto de derramarse porque dos peces gigantes quieren aprender a nadar. Creer entonces, que cualquier probabilidad de los mares, comienza en los límites húmedos de los besos. Aunque esos besos; vertebrados y acuáticos, se den a kilómetros de distancia.
[ao eoo ei 24 i ia]
Al sostener el cemento -durante un cierto tiempo-, sobre la mano, la superficie se seca y agrieta, cuando eso me sucede siempre pienso en el tacto de una crevasse; una crevasse es una abertura natural en un glacial. Se deben a los movimientos de éstos, que se rompen al adaptarse a la pendiente cuando ésta se vuelve importante. Eso dice la Wikipedia. El pasillo está lleno de grietas como crevasse, y hoy, de todas ellas ha salido el texto y la imagen de abajo, lo he leído tantas veces que el papel ha sido como el cemento sobre mis manos, agrietándolas, hasta convertirse en hormigón y producir -con el movimiento de los brazos-, una crevasse gigante.
[entiendo que tu amor traspone todo refugio,
quema todo sin armas/Luis Alberto Spinetta]
Esa tarde te recorrí como las cantidades avanzan: de menor a mayor. Leí tus viejos relatos, dolores insoportables y ‘pasiones imperiosas’. Fui de arriba abajo como trazando latitudes violentas, sin sangre; pero sobre ti. El cuerpo al que a veces me entrego. Con dulce agua. Y sin hacerlo. No había canciones mexicanas ni españolas, solamente silencio. Bohemia y frío de habitación. Y cataclismos. Mis labios pronunciándote en antiguas fotografías de colores amarillos y verdes. Y nunca me gustaste tanto como cuando sentí que no te conocía. Es como decir ‘nunca te amé tanto como cuando sentí no te tenía’. Pero no. Sucedían las extremidades en momentos equivocados. Los restos de un alud mediocre. Por lo demás, eran respiraciones pausadas. Las piernas estaban desnudas y mi cabello húmedo. La boca me dolía. El frío penetraba mis pies como una espada. Debes saberlo, somos el calor que nos buscamos, sin encontrarlo, por las noches invernales. Tan inútiles. Debes saberlo porque el ardor recorriendo la garganta lo conocemos las dos: cuando nos hemos bebido mucho.
Y te digo: estoy temblando, y se me está secando el cuerpo.
También porque ahora, sé del aroma de la tinta fresca cuando se está sin ropa. No pueden verme sin sacarse los ojos. No puedes llegar a mí sin irte de ti. Tal cual tus besos. La tarde aquella partió al mar sobre un barco de papel. Lo firmé con la lengua. Con un canto de voces profundas y nítidas. Agridulces. No te he dicho como era el azul en su centro. Tampoco la urgencia de mis manos a la orilla. O el hambre aquella de agrietar el vientre con dos dedos. Como una ventana a vacíos insólitos y morder sus bordes, abrir la boca grande para que entre la tierra. Hay imágenes que recuerdo, sin embargo. Cómo tu locura, entre melodías y guerra, revoloteaba sobre una espalda femenina. Las espaldas para mí siempre han sido largos y gélidos pianos. Una marcha de huesos que he de seguir muy bien. Tal un estómago y sus cuerdas. Mi pequeñez y tu grandeza. O hacerte el amor en idiomas gitanos con violines dramáticos. Después de eso, sólo puedo seguir tus pasos blancos. Te estoy escribiendo como besándote las raíces de los píes. Te estoy amando aun entre estás frías cosas. Repitiendo instantes íntimos donde deseamos introducir dedos en brechas gigantes. Todo eso que se ha ido contigo. Que no podremos nombrar jamás. Se mantiene estático a las luces. Y a los parpadeos. Queda dentro de un vuelo suspendido de notas armoniosas. Te llamo desde una esquina de la tarde que adormece. Seis horas más hacia ti. Comienzo a hablarte desde mi indómita vida: voy a dejarte cuando ya no exista más música y libros. Cuando hayamos definido exactamente como convergían los colores de la noche. Y claro, a qué sabe el sonido de los abrazos dentro de nuestras manos.
Por/para Bletisa
El miedo no tiene golpe, así que nos resistimos a esquivarlo, es como la bala que atraviesa el aire pero no la percibes, lo peor es hacerte consciente de la herida cuando te miras las manos cubiertas de sangre. No sé de qué Orson Welles, de qué amígdalas, en qué planta de hospital ha nacido el miedo, sólo sé que hoy está en todas las cosas que me rodean; justo al borde de tu cama, en el oxígeno que te sostiene, en el goteo que parece un grifo mal cerrado, pero sobre todo en mi nombre que apenas recuerdas. Me da miedo que me pidas que llame a la peluquera porque a estas alturas te encuentras tan fea, tomarte de las manos repetidas veces, hablarte de tu belleza, pedirte que digas mi nombre, como si quisiera meter los dedos en tu garganta para sacarte el caramelo que está haciendo que te ahogues. Ser la madre y tú la niña: Aprende mi nombre, di mi nombre, pero sólo las uñas manchadas de sangre. A veces el miedo me persigue en tu sueño, cuando tus pulmones hinchados te hacen la respiración más corta, y acerco mi oído a tu boca, por si el oído fuera un espejo que reflejara tu vaho, reconocerte viva. Al escucharte lloro un poco, te acaricio un poco, te beso un poco, te leo un poco, todo lo hago pequeño, a la medida de tu respiración. Luego repito una y otra vez mi nombre, te pido di mi nombre, al despertar, di mi nombre. Y de nuevo el miedo se posa en la boca, en el agua que bebo, en el goteo, en el oxígeno, en las paredes blancas, en todas las cosas, y lloro y pienso que ojalá el miedo sea una bala disparada por un francotirador muy torpe que apunta mal a su destino. Y que por la mañana no haya sangre, y llegues al primer suspiro –sin apuros- deletreando mi nombre.

No podrás hablar jamás. No podrás decir “Ya no puedo seguir así contigo”, ni habrá tinta indeleble para escribirme preguntas, tampoco te escribiré las respuestas. No habrá más remedio que el agua, las botellas de oxígeno y el pequeño oleaje que existe dentro de un vaso vacío.
Permanecer en medio del mar, sin nubes ni pájaros ni árboles que vayan cayendo, sin el ruido grande de la guerra, las mordidas de quienes se comen unos a otros por el deseo. Aquí será sumergirse en ese universo mudo al que le rozan los sonidos en la superficie, al que le acaricia la vida de afuera, sin apenas notar que es él quien alimenta esa vida y quien puede acabar con ella.
Intensamente azules, por debajo de cualquier referencia. Con un tiempo que no cambia pero pasa con silencio de útero. Podríamos construir una casa en la profundidad del Océano. Porque esa casa sería como regresar a los brazos de una madre, a tus propios brazos que están a punto de romperse. Yo me siento romper en los abrazos, soy allí de pedacitos, pero es sólo como el agua se rompe con los dedos, y la casa, ese abrigo pesado por el agua nos servirá para eso, para que nuestros cuerpos dejen de flotar al llegar a su techo, respirar profundamente, quedarnos sin oxígeno, llenarnos del Océano.


"El amor es como los huéspedes. Lo que importa no es creer en ellos, sino saberlos recibir cuando se presentan, aprovecharlos mientras están, y despedirlos con cortesía cuando se marchan." CLARASÓ, Noel.
Preludio.
Recuerdo aquel teatro tan de siglo XIX, con dos entradas en la mano, mordiéndome las uñas con el mismo temblor con el que se acepta la soledad. Recuerdo la plaza, la espera y tirar una de las entradas a la papelera como la que lanza una carta en blanco y sin remite en un buzón. Recuerdo esa sensación de no saber lo que hacer, de mirar hacia arriba y ver un cielo vacilando conciertos de agua y ciudades de niebla. Recuerdo también evocar las palabras de un amigo: Tú eres como la música; funcionas con sonidos y silencios. Y recuerdo a alguien de chaqueta devorándose los dedos en el banco de la izquierda.
Primer acto.
Isolda sobre la cubierta de un barco, mi abrigo ocupando un asiento. Yo; la estructura de una sombra bajo un repertorio de mujeres linternas. Mi diálogo interno iba aprendiendo el idioma de los muertos mientras Tristán; sobre el escenario, ya hablaba con Brangania de rechazar a su dueña. El hombre con chaqueta, al otro lado; dos filas más abajo, de un oscuro discreto, uniformado de transparencia, con un instrumento de emociones que eran sus propios dedos mutilados por los dientes del tiempo. Y otra vez yo, dejando de serlo. Algunas veces busco señales detrás de los asientos, una inicial grabada con unas llaves, letras desgastadas de bolígrafos, un nombre emborronado por un deficiente lápiz, un rumor, civilizaciones de historias anónimas que han dejado su huella, una mentira o una promesa rota por el paño de la señora de la limpieza. Pero ese día no hubo nada más que el gris trasero de una butaca de teatro, ni revoluciones ni escándalos por limpiar, no se oía nada, sólo a Tristán e Isolda desmayándose dentro de un abrazo y una vieja gotera que caía de una sorda tubería rota. Simplemente, una butaca limpia, una soledad más sola.
Segundo acto.
Escenarios iluminados con velas, parpadeos imaginarios de mis manos, como la aparición del viento elevando el aleteo vespertino de unos pájaros, se manifestaban repentinamente como los fantasmas lo hacen en una casa abandonada en las afueras. Había varias velas; las que iluminaban cuidadosamente el acto y otra mucho más intensa y vulnerable a la corriente de una puerta que se cierra o al peso de una garganta que se abre para soplarla. El hombre con chaqueta metió su cabeza entre el hueco de sus manos. Sentí que lloraba. Tristán e Isolda se juraban amor eterno, de noche, a la luz de sus velas. Ser feliz en la noche como único lugar, viajar hasta allí con una maleta llena de astros, asteroides e infinitivos. La noche es el núcleo de la oscuridad o una sábana negra tendida en las líneas del mundo. El cuerpo de la luna en el espacio. Energía esférica o angular sobre la tierra. Lo negro es el demonio del día, el lado pendiente de las eucaristías. La sangre del cielo; su sacrificio. En lo negro se esconden las tinieblas del miedo o todos mis pecados consumados con el hielo.
En el descanso el baño era un desfile de pintalabios, turnos de espera y una mujer que me enseñaba su lengua por el espejo. Las lenguas infantiles son redondas y apuntan al centro, las adultas triangulares y señalando el cielo, es curiosa la evolución de una lengua. Fuera de allí, la plaza asediada, como si todo, o la función, empezara de nuevo. Y el hombre con chaqueta sostenía un cartel entre sus manos, como un vagabundo reclama con un cartón la limosna de cada día. “Si hay una chica soltera que quiera una relación seria, me encantaría tomar un café con ella” o eso leo. Todas giraron la cabeza, probablemente les parecería ridículo y patético aquel gesto que a mí me pareció tan extremadamente dramático. Supuse que la sensibilidad se la dejaban para el último acto.
Tercer (y último) acto.
La soledad pensé. La soledad es un cartel con letras, un abrigo sentado en un sillón, o una lengua. La soledad, la soledad se extiende como una enfermedad que busca donde hospedarse. Estar enferma de soledad, de qué torturas manipuladas por los recuerdos y su pus brotando, resbalando por el cuerpo, la sangre saltando por los ojos. La soledad es ver desaparecer un cepillo de dientes en la estantería muda de las cosas o salir a la calle un lunes por la tarde para hablar con la vida del mal tiempo que se acerca. La vida, casi nunca contesta y mucho menos a una enferma con posibilidad de permanente recaída.
La noche se hizo definitiva; Tristan e Isolda morían. El hombre con chaqueta caminó por el pasillo rojo y parecía fácil imaginar que yo podía ser otra, imaginar el arrepentimiento de las horas, imaginar que podría acercarme a decirle qué cosas. O imaginar que él, alguna vez, llegó a decirme: Un beso especial en tu frente, mi niña. A veces me emociono demasiado contigo... Como en este mismo momento.




