"Al llegar aquí, hace unos meses, afirmaba estar muerta. Desde que alguien se llevó mi equipaje donde tenía guardado un secreto y un cadáver..."

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09 septiembre, 2014

[Planes]




Foto de Hatepuzzles


Tengo un plan y es este; no llegar a conocerte.


Así que tendría que despedirme  por segunda vez de ti, un dos por cero. 


Debería ser ahora que la noche es perfecta para que parpadees cada 7 segundos, es el tiempo exacto que tardan en secarse tus ojos. No me preguntes como lo sé.  Cronométralo si quieres. Te hablaría despacio, a una palabra cada cinco décimas de segundo, La voz se iría rompiendo con la fragilidad de una tela de araña, apretaría  la mandíbula como si se pudiera atrapar todo el movimiento del universo entre los dientes. Su gravitación.  Es tan fácil así. No habría nada que sumar o que restar.

No te escucharía decir que ya no habrá más sábados si no hay dos tazas de café abandonadas en la cocina, que seguro yo olvidaría fregar la noche anterior, ni enumerarías  cada uno de mis defectos, 1,2,3..., no dirías "No encontraré a nadie como tú". Te digo que todo será más fácil así.



Sólo pronunciaría los verbos que hablaran de la distancia; segmentos numéricos; 4220Km, como si realmente fuera importante que estemos cerca o lejos, como si de verdad no existiera el transporte público, sólo el cielo, estas ganas de volar y que me crecieran las alas de tanto deseo. 


Pero no. Será sólo otro adiós; o marcar con una tiza el final de un cero.


Lo haré así; cerraré todos los círculos para que te marches. Romperás todas las geometrías cuando te hayas ido. Y después, el mundo  se quedará -matemáticamente-,  incompleto.

24 marzo, 2014

Just In Time


“Before you came my time was running low”
Just In Time. Nina Simone.


La noche siempre ahoga las sombras, suele pasar; pero aún así estás en los sonidos que se desprenden de esa pequeña muerte cotidiana. Ya ves en lo que me fijo. No soy de esas mujeres que sólo saben reírse por todo, esas que llegas a admirar tanto, están todas ahí fuera, al alcance de tu mano, yo sólo soy una mujer vulgar que baila Just in time desnuda frente a la ventana  -en un edificio de cuatro plantas-, por si tú fueras el aire y yo pudiera respirarte con las manos, todo se solucionaría así de fácil. Hada siempre me lo dice: La vida debe ser  más sencilla que esto. Verás, aquí ya no hay botellas de vodka vacías, ni maría a 50€ la bolsa, siempre tiendo a dejar las cosas cuando las cosas ya me han abandonado, es una infatigable manía que tengo, también se han muerto tus peces tropicales, flotan boca arriba en la pecera,  con ojos de tortuga que miran al cielo blanco que es el techo;  no les di de comer,  no me di de comer en la misma medida, ellos sólo han tardado menos en sucumbir, yo no quise matarlos, el hambre fue su asesina, a mí me pasa que tengo hambre de tu boca, pero ahora eso ya da igual, me sangraría seguro si la muerdo. Me moriría de la misma manera, desangrada.  No seas tonta… Ellas siguen ahí fuera con sus vestidos cortos, los tacones largos, debe ser una contraposición de la moda o yo qué coño sé. Están todos esos  ruidos que se van mezclando entre sus piernas, desde la habitación es casi imperceptible el sonido pero es fácil distinguir cual es cada uno de ellos; los tacones tienen ese rugir animal sobre el asfalto, los ojos ciegos de los hombres en  la anatomía de una mujer es el sonido de una navaja afilada sobre la carne febril y blanda, el humo de los coches sirve de amortiguador, ¿Te has fijado? Dudo tanto que te fijes en cualquier cosa, pero no pasaba un segundo en que no me volviera a preguntarte esas tonterías una y otra vez.  Te aburría tanto. El ruido de los cubiertos del restaurante chino, por ejemplo, no los distinguías, o el del sexo húmedo de lluvia que te parecía tan estúpido compartir. Para ti todos los ruidos son iguales.  Para ti todo es lo mismo. Para ti todo da igual.

Me faltan ojos para olvidarte. Odio tu manera de amar.


Estoy con Hada bebiendo cervezas; sólo tres al día, sólo tres,  ella dice que eso relaja y te hace olvidar, yo sigo bebiendo para suponer que sí o por si acaso. Eso es todo lo que hacemos. En el fondo no necesitamos nada más. Alguna vez lloramos sin saber muy bien por qué. Alguna vez reímos por el mismo motivo. Quién sabe lo que nos está pasando. Quizás seas tú o todas las personas a la vez que hacen una multitud detestable. Tal vez se nos hayan ahogado todas las sombras esta noche. Supongo que no es más que eso. Cerramos la ventana, el mundo se queda dormido dentro de la habitación, luego nos sentamos en el suelo con la cabeza boca arriba imitando a tus peces como si ahí sentadas la vida, de repente, fuera a volver a nosotras.

24 febrero, 2011

Peces en los zapatos

La cortina se mueve a empujones del aire, miramos ese movimiento desde el borde de la cama, como olas verticales dentro de la habitación. Comprender la tendencia que genera las ondas mecánicas, regresando justo al mismo punto de inicio, por la fuerza de la gravedad. Calcular su propagación y velocidad, acariciando con las manos el aire que queda entre tu pierna y la mía. Sé que –en ese momento- cierras los ojos contra el viento, que siempre lo haces contra el viento, como dices que lo haces; soñando de repente con una debilidad insistente en el cuello. Sintiendo la atracción que ejerce mi hombro sobre tu cabeza, gravitando bajo la piel. Saber, sentada al borde de la cama –junto a ti-, cuál es la dinámica del mar dentro de estas cuatro paredes. Medir la humedad con la continuidad de suspiros que se extienden por la cortina, el pulmón de la cortina, modificar con la tela el color de las olas, moldear el estado de los líquidos con los ojos, la posibilidad del agua mojándonos los zapatos, el salto de los peces sobre la alfombra, la intención de silencio que tiene toda profundidad, una caracola que se asusta al ver a un monje hinduista, el tesoro pirata de Levasseur, Poseidón ayudando a los griegos… la habitación se inunda mientras te beso –tímidamente- el pelo. Todo es una pecera a punto de derramarse porque dos peces gigantes quieren aprender a nadar. Creer entonces, que cualquier probabilidad de los mares, comienza en los límites húmedos de los besos. Aunque esos besos; vertebrados y acuáticos, se den a kilómetros de distancia.


[ao eoo ei 24 i ia]

25 enero, 2011

El sonido de los abrazos

Al sostener el cemento -durante un cierto tiempo-, sobre la mano, la superficie se seca y agrieta, cuando eso me sucede siempre pienso en el tacto de una crevasse; una crevasse es una abertura natural en un glacial. Se deben a los movimientos de éstos, que se rompen al adaptarse a la pendiente cuando ésta se vuelve importante. Eso dice la Wikipedia. El pasillo está lleno de grietas como crevasse, y hoy, de todas ellas ha salido el texto y la imagen de abajo, lo he leído tantas veces que el papel ha sido como el cemento sobre mis manos, agrietándolas, hasta convertirse en hormigón y producir -con el movimiento de los brazos-, una crevasse gigante.




Marc Chagall. Life and Love


[entiendo que tu amor traspone todo refugio,

quema todo sin armas/Luis Alberto Spinetta]

Esa tarde te recorrí como las cantidades avanzan: de menor a mayor. Leí tus viejos relatos, dolores insoportables y ‘pasiones imperiosas’. Fui de arriba abajo como trazando latitudes violentas, sin sangre; pero sobre ti. El cuerpo al que a veces me entrego. Con dulce agua. Y sin hacerlo. No había canciones mexicanas ni españolas, solamente silencio. Bohemia y frío de habitación. Y cataclismos. Mis labios pronunciándote en antiguas fotografías de colores amarillos y verdes. Y nunca me gustaste tanto como cuando sentí que no te conocía. Es como decir ‘nunca te amé tanto como cuando sentí no te tenía’. Pero no. Sucedían las extremidades en momentos equivocados. Los restos de un alud mediocre. Por lo demás, eran respiraciones pausadas. Las piernas estaban desnudas y mi cabello húmedo. La boca me dolía. El frío penetraba mis pies como una espada. Debes saberlo, somos el calor que nos buscamos, sin encontrarlo, por las noches invernales. Tan inútiles. Debes saberlo porque el ardor recorriendo la garganta lo conocemos las dos: cuando nos hemos bebido mucho.

Y te digo: estoy temblando, y se me está secando el cuerpo.

También porque ahora, sé del aroma de la tinta fresca cuando se está sin ropa. No pueden verme sin sacarse los ojos. No puedes llegar a mí sin irte de ti. Tal cual tus besos. La tarde aquella partió al mar sobre un barco de papel. Lo firmé con la lengua. Con un canto de voces profundas y nítidas. Agridulces. No te he dicho como era el azul en su centro. Tampoco la urgencia de mis manos a la orilla. O el hambre aquella de agrietar el vientre con dos dedos. Como una ventana a vacíos insólitos y morder sus bordes, abrir la boca grande para que entre la tierra. Hay imágenes que recuerdo, sin embargo. Cómo tu locura, entre melodías y guerra, revoloteaba sobre una espalda femenina. Las espaldas para mí siempre han sido largos y gélidos pianos. Una marcha de huesos que he de seguir muy bien. Tal un estómago y sus cuerdas. Mi pequeñez y tu grandeza. O hacerte el amor en idiomas gitanos con violines dramáticos. Después de eso, sólo puedo seguir tus pasos blancos. Te estoy escribiendo como besándote las raíces de los píes. Te estoy amando aun entre estás frías cosas. Repitiendo instantes íntimos donde deseamos introducir dedos en brechas gigantes. Todo eso que se ha ido contigo. Que no podremos nombrar jamás. Se mantiene estático a las luces. Y a los parpadeos. Queda dentro de un vuelo suspendido de notas armoniosas. Te llamo desde una esquina de la tarde que adormece. Seis horas más hacia ti. Comienzo a hablarte desde mi indómita vida: voy a dejarte cuando ya no exista más música y libros. Cuando hayamos definido exactamente como convergían los colores de la noche. Y claro, a qué sabe el sonido de los abrazos dentro de nuestras manos.

Ofelia Waltz




Praha-In Your Memories

14 octubre, 2010

Que todas las balas se queden a medio camino

Por/para Bletisa


El miedo no tiene golpe, así que nos resistimos a esquivarlo, es como la bala que atraviesa el aire pero no la percibes, lo peor es hacerte consciente de la herida cuando te miras las manos cubiertas de sangre. No sé de qué Orson Welles, de qué amígdalas, en qué planta de hospital ha nacido el miedo, sólo sé que hoy está en todas las cosas que me rodean; justo al borde de tu cama, en el oxígeno que te sostiene, en el goteo que parece un grifo mal cerrado, pero sobre todo en mi nombre que apenas recuerdas. Me da miedo que me pidas que llame a la peluquera porque a estas alturas te encuentras tan fea, tomarte de las manos repetidas veces, hablarte de tu belleza, pedirte que digas mi nombre, como si quisiera meter los dedos en tu garganta para sacarte el caramelo que está haciendo que te ahogues. Ser la madre y tú la niña: Aprende mi nombre, di mi nombre, pero sólo las uñas manchadas de sangre. A veces el miedo me persigue en tu sueño, cuando tus pulmones hinchados te hacen la respiración más corta, y acerco mi oído a tu boca, por si el oído fuera un espejo que reflejara tu vaho, reconocerte viva. Al escucharte lloro un poco, te acaricio un poco, te beso un poco, te leo un poco, todo lo hago pequeño, a la medida de tu respiración. Luego repito una y otra vez mi nombre, te pido di mi nombre, al despertar, di mi nombre. Y de nuevo el miedo se posa en la boca, en el agua que bebo, en el goteo, en el oxígeno, en las paredes blancas, en todas las cosas, y lloro y pienso que ojalá el miedo sea una bala disparada por un francotirador muy torpe que apunta mal a su destino. Y que por la mañana no haya sangre, y llegues al primer suspiro –sin apuros- deletreando mi nombre.

23 agosto, 2010

Estructuras de ficción



“La verdad tiene estructura de ficción” Jacques Lacan

Podríamos construir una casa en la profundidad del Océano. Días azul oscuro, noches que se dilatan en el adjetivo perpetuo, el frío que no quema pero arde en los ojos como las rayas del Nautilus, y la luna; alargándose ondulante hasta perder la luz en ese cielo. No llovería jamás o estaría siempre lloviendo, aunque los cimientos de agua darían la solidez suficiente, la consistencia acertada para una casa sin peso o con el solo peso de la humedad; de los muebles húmedos, de paredes mojadas, de los colores mojados, de nuestras propias escamas que crecerán con el tiempo cuando el mar nos acepte, si es que puede soportar ese peso.

No podrás hablar jamás. No podrás decir “Ya no puedo seguir así contigo”, ni habrá tinta indeleble para escribirme preguntas, tampoco te escribiré las respuestas. No habrá más remedio que el agua, las botellas de oxígeno y el pequeño oleaje que existe dentro de un vaso vacío.

Permanecer en medio del mar, sin nubes ni pájaros ni árboles que vayan cayendo, sin el ruido grande de la guerra, las mordidas de quienes se comen unos a otros por el deseo. Aquí será sumergirse en ese universo mudo al que le rozan los sonidos en la superficie, al que le acaricia la vida de afuera, sin apenas notar que es él quien alimenta esa vida y quien puede acabar con ella.

Intensamente azules, por debajo de cualquier referencia. Con un tiempo que no cambia pero pasa con silencio de útero. Podríamos construir una casa en la profundidad del Océano. Porque esa casa sería como regresar a los brazos de una madre, a tus propios brazos que están a punto de romperse. Yo me siento romper en los abrazos, soy allí de pedacitos, pero es sólo como el agua se rompe con los dedos, y la casa, ese abrigo pesado por el agua nos servirá para eso, para que nuestros cuerpos dejen de flotar al llegar a su techo, respirar profundamente, quedarnos sin oxígeno, llenarnos del Océano.





Silent Flight, Sleeping Dawn - MONO

22 febrero, 2010

Es mejor así

Es mejor así. Mejor que se apague la luz roja de los altavoces después de la media noche, tras un bostezo. Mejor que parpadee la farola de enfrente y entre la luz como un rayo intermitente en el cuarto, partiéndome por la mitad la cama y la frente. Es mejor así. Quedarme detrás de la ventana y mirar un punto en el infinito, creer que ese punto tiene movimiento a miles de kilómetros de distancia. Contar con los ojos la distancia, pensar en la trayectoria de un punto cuando no existen referencias. Sin referencias no parece haber movimiento pero lo hay; lo hay en esta cinemática donde yo me acerco cuando tú te alejas. Y es mejor así. Mejor que no exista la dinámica de las partículas sobre las geodésicas, ni ese mínimo espacio entre dos bocas. Mucho mejor las voces diluidas por las señales eléctricas, los gestos dibujados en las libretas, tragarse la saliva, o ese dolor intenso que hay en todos los letreros de los aeropuertos.

En los vagones verdes.
En las banderas blancas
En los tragos largos y negros
que nos arden en el vientre
Claro que es mejor así

Así fue hace la infinidad de siete horas en el transcurso de nuestro tiempo. Mejor el punto sobre la mirada, flotando en la curva lemniscata como una biología de los elementos adimensionales que somos aquí; en el otro lado. Donde el infinito es intuitivo porque adopta la capacidad de un cuerpo finito. Lo que es contable con los dedos. Uno a uno. Mejor el alcohol encadenado en los vasos y todos los cuerpos que se poseen, con ese sentido de posesión física, tangible, de rozarnos la piel hasta erosionarnos, hasta quedarnos en carne viva y encontrarnos el corazón seco como un estropajo o dormido como un cartón en un cubo de basura.

Y es mejor así.
Mejor así.

Mejor quedarse muy quieta, mirando a lo lejos Impasible Con la redondez absurda de una sartén, que mira desde el fondo de una tienda de cacharros, cómo entra ese elefante.



[Esto podría ser otra carta, esta vez, sin banda sonora]

18 enero, 2010

La folie



Los sillones de la folie están sucios, como lo estuvo el coche antes de pensar que te subirías en él, como lo está ahora la nieve después de ser jugada. Me compré el invierno al precio de un té y todo estaba sucio. De nada sirve que grabes los sonidos del parque, de la motosierra o del tren, de nada sirve meter un coche-bomba dentro del corazón para decir de Corcobado si todo estaba sucio, si lo único que hacía era tocar su calor por encima de los bancos de aquella plaza, por debajo de cualquier otro calor. Porque no sé si alguien ha tocado su calor, buscado su calor, amado su calor, uno de hace años que de nuevo, últimamente, he procurado renunciar. La propina del recuerdo es así; luces delimitando un ayuntamiento o las piedras incómodas bajo los pies. No hubiera podido estar más sucio que las botas de un alpinista dentro del barro, caminando hacia donde va mi desorden, como intentando perseguir la inestable orilla del mar. Y todo estaba escrupulosamente sucio: los cables, los zapatos, los cristales... Se trata de que la música de la folie ha cambiado, que ha llegado la asiduidad de los sonidos maleducados, como las sombras de los muertos dentro de un ataúd, que parece que no saben de qué lado ponerse en la penumbra, si una sombra es absurda en la penumbra como esta música no tiene sentido en la folie, entre el muffin de manzana y el humo de la taza. El humo de la taza es algo así como tú, con el tiempo finaliza, no se sabe dónde pero con la certeza de que ocurre. De que eso exactamente es lo que ocurre. De que todo sucede con la misma transparencia que se habitan las casas y se aprenden las lecciones. Inevitablemente sucios; los sillones de la folie están sucios, las mesas donde se deshojan los neones en láminas de luz a la medida de las botellas, de las manos, de los cuerpos tangibles que cortan por la mitad las luces, que regresan a su estado, un mundo constante silueteado en el aire por un pintor-bombilla. Estas cosas pasan; motas de polvo al trasluz, el humo cambiándole el color al aire, los diminutos latidos de los altavoces, el lento movimiento que deja el aire acondicionado en la ropa, aquí y allí, la suciedad se transita en cualquier parte. La música ha cambiado y yo seguía tocando su calor que estaba vivo. Inexcusablemente vivo. Aún su calor cuando la nieve cae al suelo, como una hoguera de libros abiertos antes de ser escritos, y la mano que siempre será un líquido inflamable que espera ser prendido, con el fuego inmenso del deseo, ya sin oxígeno dentro de una caja de cerillas que ha sido previamente humedecida. La camarera de pelo corto también ha desaparecido, no me sirven más pastas de las debidas, ni sonríe nadie. El baño permanece al fondo, para quien quiera lavarse las manos, como si ese gesto lograra limpiar el temporal de lo sucio y la temperatura del calor. Frío o calor que hay, como infinitas climatologías, dentro de mi cuerpo.

15 septiembre, 2009

aquí no hay nadie

“Pero el silencio es cierto. Por eso escribo. Estoy sola y escribo. No, no estoy sola. Hay alguien aquí que tiembla.” Alejandra Pizarnik.

Martes, 9:30

Un ruido de pisadas y semáforos en ámbar, ligero, se detiene enmarcado por la ventana, un cuadro de sonidos que mis ojos respiran al girar la cabeza. El interrogante del mundo es el mismo interrogante de mi cuello, un gesto que no atraviesa la tela metálica, de dentro hacia fuera -ni viceversa-, como los mosquitos. Bebo agua para encontrar una respuesta. Si fuese así, si la claridad fuera un vaso de líquido transparente, las cuestiones sólo serían inocentes ondulaciones de una superficie. Sólo nuestros dedos sucios podrían oscurecerlas. De todos modos, la culpa siempre ha sido nuestra. Seríamos culpables de todo menos del tiempo. Y bueno…ya no se sabe si hasta de eso. Aún creo que no soy infractora de este calor que preveo en el asfalto, y se adelanta en mi frente, brillante y violento. Descorro las cortinas y recuerdo tus manos apartándome el fleco. O me las he imaginado haciendo eso. Sí, me las he imaginado. Pero creo que sólo ha sido la breve brisa que ha entrado un momento, para traducirme el sudor en un frío que va midiendo las partes del cuerpo que no han sido sonámbulas al sol. Debo hacer algo con este calor y con los sonidos de supermercado que siempre rallan fuera y tan adentro. Cierro la ventana, luego me tumbo en el suelo para besarlo como si fueran tus desconocidos labios y aniquilarme el equilibrio de esa manera o de alguna mejor que se me vaya ocurriendo. Lo hago todo en cuestión de segundos. Es agotador.

Martes 17:15

Como cada tarde pinto algo a carbón en el cuaderno, algo que equivalga a decirte “Sabes que amo tus irrevocables lágrimas”. Pero no lo sabes, y he dejado de pintar, sólo te escribo, “aquí no hay nadie –ni siquiera tú-, planeo marcharme”. Escucho el desorden de los platos, el estruendo de la cocina y el rechazo de los cajones al cerrarse, desde mi diminuto cuarto, con ese tintineo que produce un inquilino desahuciado, los sentimientos a veces son como inquilinos desahuciados que se alejan con desorden de cabreo. El día sólo es esto; una soledad que combina azul con negro para decírtela toda con fútiles palabras; por si casualmente hubieras venido a eso. Pretendo oírte pronunciar atardeceres y los colores naranjas de la ciudad. Es casi una necesidad que me he creado, entre el hambre y el sueño, todo eso, pero no a ti; claro que no conoces de mi absoluta inutilidad ni de mis escasas pretensiones para con cualquier cosa. Procuro las esquinas para embarrarme con algo, sobre todo si su sombra es verde como la sangre de las flores, como sus entrañas cuando se las ahorca, qué terrible imagen ¿no? Sólo que me gustaría explicarte todos esos hologramas que me atraviesan la cabeza, siendo una tontería muy grande, debí advertirte de todos mis estúpidos ruidos, pero yo nunca tuve la manera de hacerlo. Tampoco lo pediste. Sólo quiero eso de tan simple; escuchar la policromía del vinilo interminablemente, su rotación desganada, suena rasgado, no sé si alguna ves lo habrás escuchado; son como los gritos de las navajas al clavarse en la piel, zigzagueantes arañazos de gatos, el ruido oscuro de los callejones, o una cabeza apoyada en mi hombro mientras conduzco, la equivalencia a una espera, una muerte muy dócil y muy tierna. Ahora sería extraño. Algo raro. Maullando, maullando. Podría decir “Todo va bien” porque es tan fácil decir y luego quedarse silente. ¿Ves?, muchas veces supe ya de tus silencios, sólo que ahora me duele estar, que no estés. Que nunca hayas estado. Duelen las puertas en verano, más si se cierran sin avisar, de un portazo. Y el sol al mediodía amenaza con su cuchillo dorado, es tan hermoso, aquí. Me lo dejo clavar muy dentro de los ojos, luego su filo es brillante y malvado, dañino para el globo, los globos, la ingravidez. Mejor me clavaras tú algo que pudiera sentir al caminar, en cualquier parte, sólo eso, nada más, no te pediría nada más que un abandono... Llevarte como un dolor que me confunda el otro. Maullándolo. Creo que estaría bien. Quiero decir “Las raíces del aire serían perfectos rincones donde resguardarme. Pero igual voy a irme porque podría amarte…o porque no, probablemente porque no”. Es inútil, inútil del todo detestar la habitación donde duermo o la ventana por la que entra la luz del día, cada obsoleto ángulo de la mañana es una sinfonía de ojos raros. Que me miran. Escucho, Why can't love make sense?, por algún rincón de mis oídos. Puedo repetirme que no existes. [No existes. No existes. No existes. No existes.] Y sería, finalmente, casi todo tan real.

05 abril, 2009

Inútilmente

Y si no vienes, ven de la misma manera; como un fantasma que desprende tu retrato, como una estela. Inútilmente.

20 febrero, 2009

Tristán e Isolda


Para Tantris porque no tengo otra manera de agradecerle sus comentarios.


"El amor es como los huéspedes. Lo que importa no es creer en ellos, sino saberlos recibir cuando se presentan, aprovecharlos mientras están, y despedirlos con cortesía cuando se marchan." CLARASÓ, Noel.

Preludio.

Recuerdo aquel teatro tan de siglo XIX, con dos entradas en la mano, mordiéndome las uñas con el mismo temblor con el que se acepta la soledad. Recuerdo la plaza, la espera y tirar una de las entradas a la papelera como la que lanza una carta en blanco y sin remite en un buzón. Recuerdo esa sensación de no saber lo que hacer, de mirar hacia arriba y ver un cielo vacilando conciertos de agua y ciudades de niebla. Recuerdo también evocar las palabras de un amigo: Tú eres como la música; funcionas con sonidos y silencios. Y recuerdo a alguien de chaqueta devorándose los dedos en el banco de la izquierda.

Primer acto.

Isolda sobre la cubierta de un barco, mi abrigo ocupando un asiento. Yo; la estructura de una sombra bajo un repertorio de mujeres linternas. Mi diálogo interno iba aprendiendo el idioma de los muertos mientras Tristán; sobre el escenario, ya hablaba con Brangania de rechazar a su dueña. El hombre con chaqueta, al otro lado; dos filas más abajo, de un oscuro discreto, uniformado de transparencia, con un instrumento de emociones que eran sus propios dedos mutilados por los dientes del tiempo. Y otra vez yo, dejando de serlo. Algunas veces busco señales detrás de los asientos, una inicial grabada con unas llaves, letras desgastadas de bolígrafos, un nombre emborronado por un deficiente lápiz, un rumor, civilizaciones de historias anónimas que han dejado su huella, una mentira o una promesa rota por el paño de la señora de la limpieza. Pero ese día no hubo nada más que el gris trasero de una butaca de teatro, ni revoluciones ni escándalos por limpiar, no se oía nada, sólo a Tristán e Isolda desmayándose dentro de un abrazo y una vieja gotera que caía de una sorda tubería rota. Simplemente, una butaca limpia, una soledad más sola.

Segundo acto.

Escenarios iluminados con velas, parpadeos imaginarios de mis manos, como la aparición del viento elevando el aleteo vespertino de unos pájaros, se manifestaban repentinamente como los fantasmas lo hacen en una casa abandonada en las afueras. Había varias velas; las que iluminaban cuidadosamente el acto y otra mucho más intensa y vulnerable a la corriente de una puerta que se cierra o al peso de una garganta que se abre para soplarla. El hombre con chaqueta metió su cabeza entre el hueco de sus manos. Sentí que lloraba. Tristán e Isolda se juraban amor eterno, de noche, a la luz de sus velas. Ser feliz en la noche como único lugar, viajar hasta allí con una maleta llena de astros, asteroides e infinitivos. La noche es el núcleo de la oscuridad o una sábana negra tendida en las líneas del mundo. El cuerpo de la luna en el espacio. Energía esférica o angular sobre la tierra. Lo negro es el demonio del día, el lado pendiente de las eucaristías. La sangre del cielo; su sacrificio. En lo negro se esconden las tinieblas del miedo o todos mis pecados consumados con el hielo.
En el descanso el baño era un desfile de pintalabios, turnos de espera y una mujer que me enseñaba su lengua por el espejo. Las lenguas infantiles son redondas y apuntan al centro, las adultas triangulares y señalando el cielo, es curiosa la evolución de una lengua. Fuera de allí, la plaza asediada, como si todo, o la función, empezara de nuevo. Y el hombre con chaqueta sostenía un cartel entre sus manos, como un vagabundo reclama con un cartón la limosna de cada día. “Si hay una chica soltera que quiera una relación seria, me encantaría tomar un café con ella” o eso leo. Todas giraron la cabeza, probablemente les parecería ridículo y patético aquel gesto que a mí me pareció tan extremadamente dramático. Supuse que la sensibilidad se la dejaban para el último acto.

Tercer (y último) acto.

La soledad pensé. La soledad es un cartel con letras, un abrigo sentado en un sillón, o una lengua. La soledad, la soledad se extiende como una enfermedad que busca donde hospedarse. Estar enferma de soledad, de qué torturas manipuladas por los recuerdos y su pus brotando, resbalando por el cuerpo, la sangre saltando por los ojos. La soledad es ver desaparecer un cepillo de dientes en la estantería muda de las cosas o salir a la calle un lunes por la tarde para hablar con la vida del mal tiempo que se acerca. La vida, casi nunca contesta y mucho menos a una enferma con posibilidad de permanente recaída.
La noche se hizo definitiva; Tristan e Isolda morían. El hombre con chaqueta caminó por el pasillo rojo y parecía fácil imaginar que yo podía ser otra, imaginar el arrepentimiento de las horas, imaginar que podría acercarme a decirle qué cosas. O imaginar que él, alguna vez, llegó a decirme: Un beso especial en tu frente, mi niña. A veces me emociono demasiado contigo... Como en este mismo momento.



16 febrero, 2009

Des arbres éclairés

[Mudanzas]



Je me rappelle la couleur des arbres éclairés par les lanternes,... El sillón era una barca en medio de la casa, un bote salvavidas sobre el río Estigia, el gesto predecible del cauce de un rincón, marea del dormir, tan de dos, brazos colgando, dedos rozando el suelo como acariciando el mar…et le balancement des ressorts; nous étions seuls, heureux. El sillón siempre lleno de la tierra del desierto que se colaba por la terraza como un barco pirata entra en la primavera, y la imposibilidad de la lluvia como la tormenta que rompe su mástil. Izando una vela negra. Je contemplais ta tête dans la nuit; je la voyais malgré les ténèbres;...Brindar en su orilla con una copa de oro llena de agua, rebosada de Isis. Cuando el miedo al oleaje regresaba y lo revolvía todo; la tabla que flota, la madera que salva, tan cerca o tan lejos del acantilado…tes yeux t'éclairaient toute la figure. La certidumbre de un naufragio si el vacío. El capitán Caronte al timón de una piragua de plomo y la más hermosa de las náyades soplándome al oído. La geometría de una trampa, el resplandor de una nasa. Il me semble que j'écris mal; tu vas lire ça froidement;...Unirnos por la espalda para siempre. El peso de nuestros cuerpos dibujados en el sillón, tesoro último encerrado en su baúl de tela, y el viento agitando aquella espingarda, que disparaba círculos de agujas, riadas de infierno… je ne dis rien de ce que je veux dire. Un talón invulnerable, cuerpos heridos, abordajes de recuerdos saltando como espadas que cortan cuellos, un tiburón esperando. El sillón se hunde por su propio peso, se llenan de agua los pulmones del viento. C'est que mes phrases se heurtent comme des soupirs; pour les comprendre il faut combler ce qui sépare l'une de l'autre;...Apresar a Flaubert en tus labios. Olerte por teléfono. Quedarnos en Ucrania. A la deriva de un sueño…tu le feras, n'est-ce pas ?

[En cursiva : Fragmento de Lettres à Louis Colet. Gustave Flaubert]

06 febrero, 2009

No sabes que atraviesas

Tu ventana se prolonga como un proyecto lúcido de novela larga. Tu ventana es un lienzo literario que yo misma he pintado de marfil. Y una lámpara de pie que permanece apagada. Una estantería repleta de libros con un hueco vacío esperando ser llenado. Una fotografía en blanco y negro de alguien que jamás ha salido del marco. Un suspiro, seco y medido, que le regalas cada mañana. Un portátil rendido, un mueble de anticuario y una eternidad de momentos que procuro guardar, de pronto, en un armario. Le soy fiel a tu ventana que no tiene tacto ni demasiada distancia. Sólo tu sombra desde mi terraza. Abrazada a mi manta sueño tus palabras. Tu salón es tibio, tus paredes están envueltas como en papel de regalo. La leche está caliente y te espera en la mesa; en la ventana de al lado. Hoy eres una camiseta blanca. Desayunas un Take This Waltz en la radio o eso tararean mis labios. A veces desapareces en otras ventanas que no dan a mi frente y la soledad es el eco intermitente de tus pasos. Te espero con cierta profesionalidad como un fantasma, de esos, de encargo. Nunca lavas el vaso hasta que regresas del trabajo. Tardas exactamente treinta y siete segundos en bajar las escaleras y aparecer en la puerta de abajo. En picado tú la marioneta que manejan mis manos, hasta que llegas al coche y eres sólo algo azul que desaparece; por la calle, a la velocidad con que se cruza un mediodía grisáceo. Me refugio en la terraza, desde allí veo cómo se enciende y apaga la luz de tu ventana, un sol doméstico que me avisa si es de noche o es de día en tu cuarto y en mi vida. Te he mirado desde la óptica de una barandilla, hay como un universo horizontal en todas tus cosas, una línea divisoria que precinta multitud de objetos en un recuadro. Un tubo de hierro forjado que me enjaula, un trozo de vacío apresado en la terraza. Tu ventana es de una madera poco barnizada, decapada y ausente de su diálogo. Las hojas de tu ventana se despiden, a veces, como con un abrazo. O tú estás allí; respirando, durante un rato, en el que yo me escondo tras un libro agujereado. Esta tarde te espero con un malvasía en los labios, detrás una vela que cada noche se consume, sin que nadie –tú- la haya soplado. La lluvia resbala desde la barandilla al suelo, con un goteo lento de suero que se suspende en volemia hasta mi cuerpo, sosteniendo su latido casi moribundo y el sueño atrasado…Estoy leyendo contigo, te acerco las gafas y una botella, pequeña, de agua. Pongo tu canción, tan lenta y moderada. Lees. Yo prefiero mirarte. Ver en el mínimo movimiento de tu boca mi desequilibrio, sobre el cordón más deshilachado de tus labios. Te subes con un dedo las gafas y sonríes mi beso en tu mejilla. Me duermo escuchando la única realidad que me reclama. Estoy aquí; en la terraza. La barandilla está en silencio, hay un brillo de agua en su rostro, como el de un espejo donde se refleja tu ventana. Y mi mano extendida, tocando el aire, acariciando tu pelo nocturno y lejano.
Hoy, por fin, me he atrevido a apoyarme en la barandilla. Sólo quería decirte, amor, no sabes, no sabes que atraviesas mi coraza. Luego cierras la cortina y te marchas.


[De Somos anónimos. No te lo he dicho pero lo estoy acabando. Espero que me lo critiques mucho, mucho, mucho y que te guste, al menos, un poco. Y que me pongas tus puntos, claro, todos tus puntos. Tu pedestal, no, no es de barro.]

17 enero, 2009

+44171



Recuerdo el albergue juvenil y tu jersey negro, traducirte los Duinos de Rilke y la risa. Horas de pasillos blancos y ventanas rectangulares con flores azules. El olor del chocolate despertando la mañana más dulce, entre zócalos rotos, pintura descorchada y tu nombre, escrito por mí, en cada esquina. La mujer más delgada tosiendo colillas, un Londres más viejo, en penumbras, muriéndose debajo de su bufanda y los gatos maullándonos comida. Porque éramos dos y el mundo estaba en la cocina o en el baño, como aquella tarde de letras de periódico donde el titular era un cielo de buhardillas con tus pies desnudos, por el tejado de mis brazos. Llegamos sin nada, un mecenas y una carta de recomendación que se nos borró con el barro. Yo dibujaba bien y tú escribías mejor; con fondo de intestino, eso te decían. Tú querías vivir de las formas y yo del movimiento, tú creando chimeneas y yo estampitas. Así, nos fuimos diluyendo. Aprendí a escribir corrigiendo tus textos. Masturbas mis metáforas, se te da bien hacer eso, me repetías. Dejé de pintar porque mis manos ya sólo pretendían sostener tu cuerpo, trazar las geometrías de tus curvas obstinadamente, encuadernarte, reiterar ese cuadro; tu retrato. A veces lo restauro, lo retoco, lo matizo, más allá de Londres, en esa ciudad breve y silenciosa de las caricias presentidas. Cruzamos Euston Road sin darnos cuenta que atravesábamos la vida. Recibiste aplausos, yo galerías. Pero el grifo era blanco y feo como un ave migratoria. Volví y tú te quedaste firmando libros, muchos libros.
Seguiré pintando lienzos en blanco, porque el blanco siempre fluye como un lago de nieve, que se resuelve en frío. Así se crea, así se destruye, así se perfila el abismo de un recuerdo, que lleva años de espera. No hay cuadros sólo épocas. El tiempo llega y se desliza en pinturas, pero el pintor no existe, no pinta. Ahora escribo, creo, estallidos de ti.
Hoy he recibido tu último libro, hoy he vivido tu firma, hoy he empañado una dedicatoria manuscrita ya mojada en sal: Te escribo. Te necesito. Te deseo. Te espero. Llámame, y no me digas que te haces un lío con el prefijo.


[Nunca te vayas. No del todo.]

27 noviembre, 2008

Será que suena Jacques Brel



El agua limpia en las manos, y el desorden, mi desorden. El polvo pesa ya en tu fotografía como la tirita en una herida, y me paro a limpiarlo con el cuidado que tuvieron mis dedos al rozar, aquella vez, tus labios. Ahora un roce intransferible, cansado sobre papel mate, que se enreda como una cuerda que al tirar, fácilmente, se suelta. La estafa del amor es que se transforme en polvo, en imagen, en cuerda. O que se resuelva en farola, tan fija, tan alta, tan encendida que no la alcance mi piedra, ni el apagón que se produce a una hora obligada de la noche. ¿Me recuerdas? Fui la asesina de tu idioma y de tus pecas. Fui la que dejó de ser ella, la que comprobó asustada que existen certezas en ciertos matices, como la tonalidad de un color afectado por algunas sombras o la suavidad de respuestas que hay dentro de una misma caricia, su complejidad, su reserva. Fui la coincidencia para tu mirada en esa guillotina que era la multitud del mundo, en aquel Avignon de olor a teatro callejero, por donde paseaban gatos de mil cabezas. L’eclatement de ta peau/épaule nue. J’en ai besoin. Y tu secreto. Fui una página dibujando el mundo, aquel niño que nos miraba mientras cruzaba los días y el viento derrotando a la lluvia, esa que arañaba nuestra ventana para despertarnos. Fui esa chica desnuda que se hundía en la espalda de tu blusa, en el otoño mínimo y perfecto que ofrecían tus rodillas. Aquellas tardes de amapola y fuego. Y una niña llorando despedidas. Tout de suite après. Fui la pubertad de tus deseos, la hoguera donde quemaste tu silencio, la ceniza más sólida de tu desconfianza, tu vergüenza, tu arrepentimiento. Fui además tu espina ¿La sientes aún? ¿La recuerdas? Será que suena Jacques Brel en la radio, será que tu recuerdo golpea dos veces o cien mil en mi puerta, será que la soledad tiene estas cosas, será que hoy he tenido que hablarle en francés a un chico marroquí de ojos madera que ha llegado al Centro. Será que yo…será que no se me quita esta tontería, casi impuesta. Supongo que es hora de que despedace tu fotografía o que la meta en el cajón más profundo y oscuro de mi confidencia, lo haré con esa certeza que siempre te resuelve cometa, lo haré como si se le pudiera romper una esquina a la primavera.


[Necesito la luna antes de que se me derrita la noche o la vida. Te lo digo a ti que te la llevaste el otro día]


12 octubre, 2008

Luciérnagas eléctricas




Te miro desde la ventana, a sólo tres pasos de la cama. A sólo tres miradas de censura. A tres proclamas de ti. Desde aquí puedo agarrar las luces de Madrid con mis manos, me las zampo como si fueran encendidos bombones; apago el mundo con mi hambre de luz. Se apaga fácil. Se vive fácil. Todo se queda quieto; bailan sombras y silencios a mi norma. La mirada se derrama al borde de tu piel; interruptor de la luz que me he tragado. Te beso con los ojos, pretendo encender las bombillas apagadas de tu boca. Redondeo con un haz el lunar tuyo que más bosteza, lo convierto en destello agitado entre mis dedos. Apoyada en el frío del cristal, la ciudad arranca, nunca ha frenado. Duermes. La luna se esconde y mi mano…Mi mano impulsa una caricia que trepa hasta tus labios. Sube antes de que me rasgue el día. Imagino tu sonrisa debajo de las sábanas y el movimiento de tus dedos, como luciérnagas eléctricas, sobre mi espalda…

- ¿Qué haces? – Me pregunta con una incógnita, que despejaría a besos, en su rostro.
- Soñaba.

03 octubre, 2008

La lágrima del mimo

El mimo está entre la ingravidez y la gracia. Con un telegrama urgente en su mirada. Actor de una farsa obtenida por la pálida narración que le encala la cara. El blanco de su representada profesión. Ya le tiembla la mano al pintarse la lágrima negra que cuelga del margen de su ojo izquierdo. Y mientras se maquilla, la recuerda a ella: “Jamás llorarás por mí”, le prometía mientras besaba su lágrima. “Jamás”. Colecciona su recuerdo, alarga la memoria; como un elástico reblandecido y estriado por el uso. A punto de romperse. Sólo tenía gestos para regalarle. Le hubiera puesto una manta a la tarde para que ella no sintiera el frío de la calle. Empolvado de irrealidad aún le sonríe antes de actuar. Unos céntimos que apenas caen sobre el sombrero le bastan para sobrevivir. Ella se fue. Cambió el asfalto por el escenario, la luz de sus ojos por los flases y los focos, el amor por el teatro, las monedas por cheques de oro, las sonrisas por aplausos y a él por otro…La mano le tiembla al pintarse la lágrima, que muchas veces empapa. Ya nadie le besa la cara. En la mejilla permanece, intacta, esa lágrima. Falsifica promesas sólo para escucharla de nuevo. Representa su historia y el resultado carece de calidad por ausencias de ternura. Cuando termina la función se acerca al teatro donde ella actúa; escucha el silencio que devora aplausos, imagina las butacas vacías y desangrándose como su alma, las luces apagadas como sus ojos y las puertas cerradas a todo…Arranca el cartel de la pared, acaricia su nombre, besa su imagen, se queda un rato allí; sentado en la acera, con el papel arrugado contra su pecho. Secando con él su lágrima negra. Y una vez más, amándola; antes de regresar a esa soledad realquilada que, fielmente, le espera…

30 septiembre, 2008

Cobardía bajo Jazz

La música en directo trasnochaba derrotas de viejas glorias del jazz. Entramos en aquel club como quien entra en el pensamiento de alguien; presidiendo su último tiempo. Pero conscientes de que después de algunos minutos dejarás de ser novedad. Cuando los músicos terminaron de tocar summertime, un aplauso, centinela del sonido, les hizo una larga reverencia. Pudimos sentarnos. Mi amiga trajo un par de copas, mientras yo embebía una mirada reflejada en el espejo. Esta vez la trompeta frecuentaba notas desconocidas que me invitaron a sonreírle a aquellos ojos fotográficos y lejanos.
Se acercó aprovechando que mi amiga había ido al baño.
- Me llamo eme – dijo.
- Eme, ¿en serio?
- Sí, ¿por qué?
- Me enamoré de ti en otra vida.
- ¿Por qué no en ésta?
- Porque faltan un par de horas, un par de palabras y un par de copas para que eso ocurra.
- ¿Tienes que estar borracha para enamorarte?
- Tengo que estar borracha para atreverme a decírtelo.
Mi amiga volvió con dos copas más en la mano.
- ¿Ves? – Dije- Cuando este líquido se acabe – señalé al vaso-, irremediablemente, me habré enamorado…
Cogió el vaso y se lo bebió de un trago.
- ¿Ya podemos besarnos?

Lo que ocurrió en realidad:
Se acercó aprovechando que mi amiga había ido al baño.
- Me llamo eme
- Eme, ¿en serio?
- Sí, ¿por qué?
- No, por nada, por nada.

Se alejó llevándose sus ojos y mi mirada. Eme ¿en serio? Sí, ¿por qué? Porque con tu nombre comprendí un día que la vida dialoga embriagada en sus letras. Porque sus letras ocultan un escándalo de realidades clandestinas. Porque la realidad clandestina ha galopado entre multitudes que me han pasado por encima. Porque por encima de todo miento si digo que ni tú ni el amor me interesan. Porque me interesan las proclamas que hablan de alianzas y desprecio la ignorancia de los otros. Porque los otros sólo son fascistas del amor y burócratas de los valores. Porque los únicos valores que existen son la libertad y la democracia que custodian el orden de tu nombre. Porque hace tiempo que mi vida es la crónica de tu encuentro. Porque en las tardes de noviembre; mientras el mundo se desmayaba, yo te preparaba un abrazo. Porque el paso de los días, sin verte será, una mera transacción rutinaria. Porque he besado tus ilegibles labios da igual cuántas veces. Porque tengo la intención de amarte para siempre. Y porque sólo me hace falta una copa más, una más; para decirte lo que siento.


29 septiembre, 2008

Cadenas

Fui cargando mi boca con tu nombre para no disparar el suyo, para evitar quemarme al pronunciarlo, para no volver a sentir en mi garganta el sabor agrio de la pólvora. Pregunto por ti y no pasa nada. Grito tu nombre y estoy a salvo.

Ya sé que no tiene sentido, no hace falta que lo digas, un nombre no puede vencer a un ejercito armado de besos, palabras y caricias. El mismo que sitio mi cuerpo rodeándolo de inexpugnables cadenas, clavando en mi vértice el alma como única bandera; y la soledad como contienda. Pronuncio tu nombre con miedo a desgastarlo y romper la fortaleza. Intuyo que las cadenas las destruirá el agua, el sol y el óxido del tiempo. O tal vez, llegue una titánica mano, que con el simple roce de un dedo, las deshaga en arena…

27 septiembre, 2008

Paseando en minifalda por Uganda


Camino de puntillas por el cuarto para no despertar al mundo, me coloco la minifalda sin desafiar al escándalo, me miro al espejo y no veo a nadie; vampira de un dolor que me ha mordido el cuello y se ha instalado; como un virus, en la sangre. Me pinto los años. Llevo tatuados, con tu nombre, los labios. No sé si he cambiado o si, realmente, nunca he sabido quién soy…Todo me parece aburrido, cotidiano. La vida ya no narcotiza, no es estimulante. Salgo a la calle, piropos de andamio que caen como ladrillazos. Pienso que mirar al suelo me hace invisible. No acierto. Me siento sobre el aroma del café recién hecho. Leo en prensa que el ministro de ética de Uganda quiere prohibir las minifaldas: Es lo mismo que ir desnuda por la calle y además provocan accidentes de tráfico. Me lo imagino rubio y serio; con los bolsillos llenos de intenciones y crucifijos. Sólo pretenderá romper con las estadísticas que hablan de millones de muertos en las carreteras. El alcohol, el móvil, saltarte un stop y la minifalda. La casa me da la espalda, como casi todo en estos días, la ropa sin planchar; con las arrugas que desencadenó el contacto de tu cuerpo con el mío. Tengo que volver a comer; todos me dicen que voy a desaparecer si sigo con esta indiferencia hacia lo que me rodea. Pero sólo puedo dejar que pasen las horas, invitar al sueño a que se meta entre las sábanas y al gato, triste y azul, a que salga de mi cama.

Qué ganas de pasear en minifalda por Uganda, a ver si provoco una catástrofe mundial.