"Al llegar aquí, hace unos meses, afirmaba estar muerta. Desde que alguien se llevó mi equipaje donde tenía guardado un secreto y un cadáver..."

23 septiembre, 2008

Una noche en Belgrado


El sábado fui a lo que aquí llaman “una noche literaria”; un café solitario y humeante entre las manos, intelectuales de corbata y/o tacón, e improvisadas lecturas de poemas, textos y alguna que otra obra maestra de escritores/as noveles dentro de una cafetería cultural. La voz intencionada y profunda del que estaba en el escenario, disparaba balas de plata hacia aquella audiencia licantropomórfica de chicas deslumbradas por las inconexas palabras de aquel atractivo poeta. La barra, donde yo estaba, apestaba a tinta china, a pc de última generación y a whisky, mucho whisky; si no fumas ni bebes whisky estás perdida como escritora, me dijeron. Yo iba por mi tercer ron y los cigarros me daban náuseas…
El poeta al terminar su lectura se acercó a la barra con una veintena de miradas jadeantes tras de él.
- ¿Es la primera vez que vienes?, nunca te había visto por aquí…- Preguntó con originalidad literaria.
- La primera, sí.
- ¿Vas a leer?
- Quizás, esta noche, en la cama…
Una sonrisa inteligente se escribió rápidamente en sus labios.
- ¿Puedo invitarte a algo?- Me interrogó.
- A una noche en Belgrado.
- No aspiro a tanto… ¿Te ha gustado lo que he leído?
- Sí –dije por cortesía-, aunque no se oía demasiado (maldito narcisismo de escritor).
- Lo escribí yo, soy poeta. ¿Y tú?
Sonreí. Me dieron ganas de poner voz de niña, decirle “Pues agárrame una teta” y salir corriendo de allí.
- Yo soy lo que pienso.
Pidió un whisky, encendió un cigarro echándome su primera calada en la cara, yo abrí la boca y mordí su humo.
- ¿Te quedarás por aquí? – Dijo.
- No lo creo – contesté.
Su mirada me acarició despacio todo el cuerpo.
- Una lástima.
Desapareció bajo el párrafo de una escritora más inteligente, guapa y nerviosa cuyas coherentes y bien estructuradas palabras dejaron indiferente al local. Me fui de allí enamorándome del poeta, como cualquiera de las que estaban minutos antes mirándole con la boca abierta, quizás volvería para unirme a ellas, como una adepta más, a su forma de decir nada.

2 comentarios:

la princesa inca dijo...

estos lugares de fauna poéyica tienen tela...jajaja lo dela teta

J. J. García Rodríguez dijo...

Disculpa si me pongo provinciano pero yo esta clase de lugares sólo los he visto en las películas. Aunque no me interesa mucho si existen... ¿de verdad los hay? Agg. En las lecturas que yo voy, o hay whisky, o hay corbatas. Nada sofisticado, la verdad... E igual de desolador.

Tal vez por contraste esté recordando ahora la última vez que leí en público. En la cárcel. Se nos ocurrió ir allí y encima nos dijeron que sí. Luego, nos ignoraron, nos eructaron, nos silbaron, nos aplaudieron, se rieron, se distrajeron (se miraban mucho de reojo los presos y las presas), uno de ellos, incluso, subió a leer un poema que había escrito y se sabía de memoria y se le olvidó, pero al final de todo, lo mejor que ocurrió es que estaban tan distendidos y tan relajados que ya eran nuestros y llegaron a pedir alguno más.

Lo más sorprendente es que cuando nos levantabamos para irnos, muchos se acercaban hasta el borde del escenario para saludarnos y hablar con nosotros. Así que tuvimos que saltar desde allí para ponernos a su altura, en lugar de bajar por las escaleras como es habitual. Entre todo ese ruidoso subidón, alguien abrió una puerta al fondo, y sin tiempo, para más hablarnos, las emociones como ellos empezaron a desfilar. Quedando un silencio de lo más pendenciero en el salón de actos, que por poco moja mi alegría en lágrima.

No hay nada como el whisky para la poesía del oeste.