"Al llegar aquí, hace unos meses, afirmaba estar muerta. Desde que alguien se llevó mi equipaje donde tenía guardado un secreto y un cadáver..."

06 diciembre, 2008

Retorno de carro

La maleta cansada como un abuelo cargando pesos. El sillón es una manta de la que tu recuerdo tira. Y la televisión que alguien me regaló hace unos años aún sigue sin estreno. He vuelto y la casa está vacía. La lámpara estrangula luces amarillas, digamos que el silencio es del color de la luz de una lámpara, digamos que ahora la belleza tiene ese rostro salvaje y dulce del destello de un quinqué. Digamos que se ha roto de nuevo, la bombilla, esa que me cambiaste aquella vez. He vuelto y no hay ninguna de tus llamadas perdidas, ni uno de tus correos, ni tu Nikon D200 apuntando mi nariz. Y estás tú, al otro lado del mundo y me parece a mí que si no estás aquí es el otro lado del mundo. Son las dos y algo de la madrugada, sabes que no uso relojes y que fantaseo las horas. La terraza mojada memoriza lluvias, la silla de hierro abraza mi espalda, el frío de la máquina de escribir es como un gato que duerme sobre mí. Y te escribo. Te escribo con una linterna en la boca; a oscuras, a ciegas, a tientas. La luna, sí, es un paraguas abierto que me protege de algo. Ajurianea, mi pato/pata, ya no me persigue por la terraza, ya no abre puertas con su pico, ya no se mete en el barreño de agua. Ajurianea no está, se la comió la navidad de alguien, de un ladrón. Falta ese algo en la terraza, falta rellenar ese hueco, ese universo brutal de imágenes y ausencias. Es curioso que algo de eso me pase contigo ahora. Te escribo y sólo son palabras; lámparas que no logro accionar del todo. Y a la noche, mi máquina de escribir, le pone el cliqueteo de sus teclas de banda sonora, ese que nos paramos a escuchar en medio de la ciudad, debajo de una ventana, como quien escucha privados violines de cámara. Te escribo y poco más; el amarillo de una lámpara que llega hasta la terraza. En las manos cojean heridas de aquellos palos; recuerdo el verano y una taza roja que no desayuné. Una puerta cerrada donde se diluyó mi cuerpo hasta rozar el suelo, tu suelo. Y al otro lado el agua como una agónica orquesta, que muere, que no suena. Las sábanas arrugadas como pañuelos. Islandia en la cama. Y tú/no tú. Te escribo y el mundo tiene un final. Y todo final un comienzo, el poeta tenía razón. A la Olivetti le falta papel y velocidad, los caracteres se han quedado trabados en el ascenso, algo así como mi alma. Le coloco un folio en blanco, rota el cilindro cuando acciono la palanca, la del retorno de carro y la hoja aparece lentamente de mi lado. Te escribo y sólo me sale una palabra. Una palabra.



4 comentarios:

J. J. García Rodríguez dijo...

Estás echando el peso del alma demasiado sobre tu Olivetti. Tal vez si yergues algo la espalda lo veas todo con un poco más de distancia/ nitidez, y los caracteres se te traben menos. Lo malo es que luego resulta insoportable mirar esas fotografías, aunque, como dice Aute, queda la música.

http://www.youtube.com/watch?v=FUIdmBp_SUc

Eulàlia B. P. dijo...

¿somos gemelas? creo que si, yo la más mayor. Tampoco puedo coemntar algo que hubiese escrito yo misma.
tengo la Olivetti 45 guardada como oro en paño, y tengo una colección de programas de cine y un vacio
Y tengo, un cariño. para ti-

Anónimo dijo...

"Pero esperé, esperé y te esperé como si estuviese esperando mi destino".

Unas palabras compartidas mientras intentaba cambiar una bombilla, que se fundió por amor.
Casi perdidas, casi olvidadas, unas manos se reencontraron alrededor de una taza roja que siempre esperará que la acerques a tus labios.

Islandia aguarda una visita en la que sonará, seguro, ese "Heartbeats" que hace nacer tantas cosas...

Tantris.

Walter Portilla dijo...

Me encanta cuando te pones a escribir así. Cuando te sientas sola, como hoy, con ausencias, no dejes de tener un lápiz a la mano y, por supuesto, un papel. Aunque, pensándolo bien, coge tu olivetti, deja fluir tus pensamientos, ya sin comas, sin puntos, sin mayúsculas y cuéntanos minuto por minuto, hora tras hora, no sólo de tu desesperación por una presencia, sino de tu felicidad, cuando llegue, cuando en sus brazos fenezcas. Abrazos.