"Al llegar aquí, hace unos meses, afirmaba estar muerta. Desde que alguien se llevó mi equipaje donde tenía guardado un secreto y un cadáver..."

13 noviembre, 2008

La indigestión del mar:

El mar tenía como una furia de lobos salvajes, escupía olas en la orilla. El mar tenía una intención de golpe y muerte, de accidentes enterrados en un asfalto licuado. Se oía el quejido de un barco, los cuerpos flotando como bolsas de plástico. El mar era el reverso de sueños que despertaron derramando sangre en una libertad azul y abatida. Las cruces rojas por toda la playa, sus pisadas borrando nombres de piedra, y tus manos agarrando la esperanza con primeros auxilios.

Esta vez llegaron sólo dos pateras, en busca del demonio rugoso de la vida. La mujer que había perdido a su hijo me hablaba en francés, mientras una niña le arrancaba un cristal derretido a mis ojos. Las barcas flotaban del revés, sobre la arena como si un rayo hubiera paseado por encima de ellas. El cielo gris y ciego cayendo; mojaba tu pelo. El agua limpiaba el mundo con la misma utilidad que un cura mojó nuestra frente al nacer. Como si una gota predispusiera a algo.

El tiempo rugía, con un aliento de lunas. ¿Es tu primera vez? No, no es eso, es que jamás he sabido hacer alarde de la distancia emocional que se nos inculcan nada más pisar la facultad. El mar se retiraba como un servicial criado, haciendo una reverencia; concluso y debilitado. El silencio se alejaba tras las sirenas azules de los coches de policía y las mantas que cubrían cuerpos ausentes ya de abrigos, no daban calor sino sepulcro.

La playa era el fuego de una hoguera que se consumía en la dimensión más brutal del turismo. Más tarde, el mar nos ofreció su último trago en vaso de bebé silenciosamente dormido. Y al final, tus ojos, escondiéndose en los míos.

3 comentarios:

J. J. García Rodríguez dijo...

'Una niña le arrancaba un cristal derretido a mis ojos'.

Creo que, si, como sugieres, alguien intenta todavía inculcar la sangre fría en la univesidad, habría que excomulgarlo. Vamos, que me indigna. Una persona no puede apartarse de sus sentimientos; a alguien que no tiene un mínimo de sensibilidad no le da por dedicarse a esas labores. Eran las cosas que me molestaban de mis profesores de Psicología... En mi caso yo mismo me excomulgué de todos los campus.

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Donde yo trabajo pasan muchos de esos supervivientes que han escapado al mar hambriento, alguno todavía con la ropa deshilachada por alguna monstruosa, obscura dentellada de agua salada. Pero mucha más hambre tuvo aquel que resultó vencedor en la partida; él que tuvo más hambre que el mar. El otro día fue y me paró por la calle para pedirme trabajo. El hambre a sus ojos era como un mar con los dientes más afilados.

J. J. García Rodríguez dijo...

Cierto, no tienes perdón de Dios: Granada es una ciudad inolvidable. Misteriosa sobre todo. Mística. Y mágica si tu lo quieres. Es una de mis ciudades favoritas, aunque no haya visto muchas, ni creo que ya me haga mucha falta ver más para saberlo... Lo sé.

Jo. Te he visto tantas ganas de ir a Granada que si lo prefieres me acerco yo allí cuando vayas. No sé qué decir...

No era Granada, es Almería. ¡Ven!

J. J. García Rodríguez dijo...

Pues voy a recoger el guante que me lanzas y voy a escribir algo este fin de semana sobre el presente más inmediato... Cómo no. ¡Para una vez que alguien me lo pide!

No pude contestarte antes, ni ponerme a escribir ya que he estado toda la tarde poniendo un poco en orden la casa, luego comprando, y después de vino aquí, con un amigo. Ya se ha ido. Ahora toca recoger las copas. Etc.

Te veo que te apetece más ir a Granada, no te lo pienses. Mejor ahora que en verano (luego hace mucho calor). Me pido hacerte de guía-algoasí, si te hace falta. He estado muchas veces allí, y para mí es un gusto pasear por Granada.

Bueno, y tu rockola despertadora de tu hermana, me ha recordado mucho a mis rockolas diarias con mi hermana menor. Pero con menos lluvia. El otro día me dijo: “¿Qué es eso? ¿Elvis...? ¡Pero si Elvis está muerto!”. Y se enfadó un rato conmigo. En fin. El comentario que me ha hecho esta tarde sobre un libro que estuvo leyendo por encima en mi casa, mejor lo voy a censurar. Directamente... ¡Pero es mi contrapunto, y nos llevamos muy bien!

El picoteo de la lluvia es el picoteo de una maquina de escribir de agua.
Saludos a puñaos.