"Al llegar aquí, hace unos meses, afirmaba estar muerta. Desde que alguien se llevó mi equipaje donde tenía guardado un secreto y un cadáver..."

06 octubre, 2008

Azúcar en el café



La soledad, Madrid y Balzac en mi pensamiento. En el dentista se me hacía tarde para deshacerme de mí, mientras mi hermana intentaba quedar absuelta en el último juicio que se estaba celebrando en su boca. Así que bajé a la cafetería de la esquina (siempre hay cafeterías en la esquina de cualquier lugar), y pedí un café. Quería (y ahora me parece absurdo) que el tiempo pasara rápido, quería huir a sorbos de la madurez acortando mi propio tiempo. Mientras mis manos abrigaban la taza; calentando no sé quién a quién, recordé a mi madre tomando café. Cuando era niña esperaba con avidez a que ella dejara un culito mojado en el fondo de su taza, siempre la misma; la maniática fidelidad de una madre. Sus saboreados rituales cotidianos. Luego yo lo rellenaba con azúcar; mojaba azúcar en el café, el café se inundaba de azúcar. Se ahogaba de nieve, como el asfalto en un invierno frío. El blanco de la sacarosa se iba tiñendo, poco a poco, de oscuridad. Cambiaba de color como lo hace una camisa cuando se empapa de agua. Expandiéndose desde su propio centro, apoderándose del blanco. Me quedaba atontada observando esa sencilla metamorfosis que a mí me fascinaba. Después me lo comía a cucharadas creando lagos y montañas con pequeñas cimas nevadas. Ahora el azúcar se derrite en el líquido, soy yo quien evita su fondo, quien bebe a sorbos una espera que nadie acecha. Y me doy cuenta que el café se agota, que el tiempo pasa, que siempre estoy esperando, sin saber exactamente el qué. Que perseverar no significa que al final llegue algo. Que hoy el café no sabe a montañas, ni los lagos se crean a cucharadas. Que el acto de beber es casi mecánico, socializador. Tal vez esto no quiera decir nada, quizás solo advierta que hace tiempo que dejé de ser una niña. Que lo fascinante de la vida ya no es un culito mojado en el fondo de una taza y que es complicado que al mundo se le pueda echar azúcar, y así; ahogarlo.



3 comentarios:

Carz dijo...

La geografía del mundo está ligada con la nuestra que, a su vez, se enraíza en la niñez. Luego, los paisajes que uno va habitando (o mejor, que le habitan) entretejen la manta multicolor en la que nos vamos convirtiendo. Los colores, los sabores, pueden reconocerse aunque hayan pasado muchos años, pero no pueden recrearse en la memoria: quizás por eso se extrañan tanto, quizás por ello calen tan hondo, porque necesitan de la inmediatez.

Gracias por tu comentario que me ha permitido el placer de leerte.

Anónimo dijo...

Tu infancia. Tus sueños. El tiempo. Ay...

Tantris.

J. J. García Rodríguez dijo...

Es cierto, a veces eso de hacer stop y tomarse un café con la sencilla pretensión de poner un momentáneo pie en tierra, produce el mismo vértigo que bajarse de un tren en marcha. Son las cosas de las prisas vida moderna, que diría cualquier abuela/ abuelo... Tal vez si ese café -todos- durara tanto tiempo como el referido a tu infancia la cosa cambiaría de color, pero, claro, cualquiera le dice al camarero de quedarse en la mesa haciendo montañas de azúcar tras la consumición, ¡con la gente que hay esperando! Vamos, que la culpa la tienen los camareros. O deja el café, y toma más fruta. ¡Loca!

¡Saludos musicales!

http://www.youtube.com/watch?v=ietibCMZdB0

(Pd.: Alguien en este blog que está buscando un corazón de oro pero lo tiene tan cerca que no lo puede ver.)